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5 LUGARES DONDE ENCONTRAR MADRILEÑOS EN LA PLAZA MAYOR, Y 5 LUGARES EN LOS QUE NO  

 

JUAN FRANCISCO POMBO NOVIO

terraza 3

¡No hay bares!

Esa es una de las razones por la que los madrileños evitan la Plaza Mayor. No es que no se sientan orgullosos de su Plaza Mayor, no. Es que no hay bares.

A cualquier persona que se interese estarán encantados de mostrársela, hablarles de su arquitectura y su historia, en un “pis-pas” les contarán su origen como mercadillo extramuros, su pasado taurino, las ejecuciones públicas, los siniestros procesos de la Santa Inquisición, en tres ocasiones el fuego la destruyó y fue reconstruida; sus usos actuales: el mercadillo navideño, los domingos de Filatelia y Numismática,  los eventos y festivales que en ella se celebran…

Pero, ¿de verdad no hay bares en la Plaza Mayor?

Un “gato” contestará con toda seguridad que no, a pesar del gran número de terrazas y restaurantes que dominan la plaza, insistirá en que no. Las terrazas de la Plaza Mayor no son bares, son terrazas para turistas, sus cartas (y precios) están pensados para los viajeros que visitan Madrid, y no para sus habitantes.

Entonces, ¿qué es un bar? Un bar es un lugar donde se puede tomar una caña de cerveza con amigos (y desconocidos), un bar es una barra cómoda donde apoyar el vaso, un muestrario de “kikos”, aceitunas, “bravas”, tortillas, callos, gambas, y un sinfín de sabrosos bocados que hacen salibar.

Por estas y otras razones, los “gatos” esquivan la Plaza Mayor y se concentran en sus calles aledañas, donde si encuentran bares y tascas de su agrado.

5 LUGARES DONDE ENCONTRAR MADRILEÑOS EN LA PLAZA MAYOR

1. El Mercadillo Navideño. En diciembre todos los madrileños acuden con sus familias y amigos a la Plaza Mayor a ver las últimas novedades en figuritas del Belén, adornos navideños, petardos y demás artilugios para la celebración de las fiestas.

2. Filatelia y Numismática. Los coleccionistas de sellos y monedas tienen su espacio en los soportales todas las mañanas de domingo para sus intercambios

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3. Casa de la Panadería. Los “gatos” gustan de celebrar sus bodas civiles en la casa de la Panadería, una vez desposados saludan desde el balcón a  invitados y curiosos.

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4. El Caballo. Así es conocida la estatua ecuestre de Felipe III que domina el centro de la Plaza, lugar de encuentro de las “kedadas” con los amigos para ir a tomar unas cañas acompañadas de un bocadillo de calamares (que no al revés) en los bares del arco de salida a la Calle Mayor (entre 2,80 y 3 €)

caballo

5. Arco de cuchilleros. Es el último lugar en el que verás a un madrileño en la Plaza Mayor. Estas escaleras de salida dan acceso a las cuevas y bares de la Cava de San Miguel, para luego perderse por las castizas callejuelas del barrio de La Latina

   arco cuchilleros                                                                                                                                                                         

5 LUGARES DONDE NO

terraza general

1. Terrazas. Ya lo hemos dicho, no son bares.

2. Fotografiándose con Spiderman. Aunque en los últimos tiempos Spiderman se ha enamorado de la Plaza Mayor, y se ha quedado a vivir en ella, nunca será un “gato”

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3. Caricaturas. Ningún gato se sentará jamás a posar en las sillas de los dibujantes de caricaturas (B/N 10 €, color entre 20 y 30 €) que pueblan la cara sur de la Plaza.

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4. Tiendas de souvenirs y bazares. Los abanicos, camisetas, y artilugios de acero toledano son para los turistas, no para los “gatos”

bazar

5. Candados en las farolas. Aunque las verjas que rodean las farolas están repletas de candados con promesas de amor eterno, los “Isidros” y las “Manuelas” no pierden tiempo demostrando su amor con candados… están tomando cañas.

candados

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Los supervivientes de la Plaza Mayor

Joaquín Pérez de Ayala

Siempre fue lugar de comerciantes. Desde que se llamaba la Plaza del Arrabal. Estaba fuera del recinto amurallado, para evitar el pago del impuesto al comercio realizado dentro de las murallas protectoras, el llamado portazgo. Cruce de caminos de Guadalajara, Toledo, Atocha. No sabemos qué se intercambiaba exactamente en esos tiempos tan lejanos del siglo XV. Nos podemos imaginar que serían visitantes cercanos, de los alrededores de Madrid.

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Felipe II la integró en la villa. Necesitaba dinero para financiar su imperio. La Plaza ganó prestigio, reconocimiento como espacio público, como espacio de encuentro. De espectáculos, desde corridas de toros hasta torneos medievales. Pero siempre había comerciantes alrededor. Como en cualquier otra plaza de referencia del mundo. Como en Jemaa El Fna, en Marrakech. O Times Square, en Nueva York. Ahora los visitantes vienen de las cuatro esquinas del mundo. Para lo bueno y para lo malo.

Los comerciantes fueron pasando, reflejando las necesidades de su tiempo. Estuvo la Casa de la Panadería, la de la Carnicería, la venta de paños, de pollos, de cuchillería… todos los gremios estaban representados en la Plaza Mayor. Seguramente, el marketplace más representativo de Madrid durante varios siglos.

En pleno siglo XXI, en la era de Amazon y Alibabá, solamente quedan algunos comerciantes atemporales que han sobrevivido a la vorágine de Internet. Como la Casa Yustas, especializada en sombrerería e insignias militares. Fundada en 1886 – son 132 años – sobrevivió a la desaparición de la saga fundadora. Actualmente convive y se integra con una tienda especializada en relojes y joyería moderna. Y no lo hace mal. “Y la cafetería de al lado también forma parte del negocio”, me comenta Ramón mientras me pruebo una gorra española, entre cientos de ellas para elegir. En la planta de arriba, María enseña las insignias militares con las que tienen un mercado cautivo. “Somos suministradores de los tres ejércitos. Son las insignias oficiales”.

Hacia el noreste, se encuentra la entrada de la calle del 7 de Julio. Y aquí está Turrones Vicens, artesanos de Agramunt (en Lérida) desde 1775, en la esquina de esta calle con la calle Arenal. Dispone de una variedad apabullante de turrones y chocolates, de sabores que uno jamás imaginó: turrón de pipas de calabaza, de gin tonic o de chocolate con churros. Todo en una tienda moderna, bien diseñada, combinado el producto con música moderna discotequera, que quizá deberían seleccionar más, aunque sea loable ese esfuerzo por mezclar tradición y modernidad.

IMG_7017[1]En el otro extremo de la plaza, por la entrada de la Calle de Botoneras y en la esquina con la Calle Imperial, está Lucio J&M, la tienda de tapicerías, toldos, lonas, cortinas… Comercio cuyas telas nos acompañan en nuestras casas desde 1872. Cuando uno entra en el local, se encuentra con rollos de telas de múltiples tipos, apoyados verticalmente unos sobre otros, en un caos organizado que los encargados de la tienda tienen, muy seguramente, bajo absoluto control. No todo tiene que pasar por la logística impecable de Amazon. Aquí la banda sonora la pone el himno del Real Madrid. Un descuido al que no hay que darle mayor importancia.

“Ya solo queda comercio muy especializado”, me comenta José, en la Cervecería Plaza Mayor, presente en la Plaza desde 1975. “Las tiendas de relojes, en su momento con mucho éxito, se fueron cerrando. Ya no ganaban dinero”. Un buen pincho de tortilla, por cierto.

Todos estos comercios, que nos remontan a un tiempo en el que nos gustaría sumergirnos con más profundidad, conviven con los bazares de productos turísticos, inevitables en cualquier lugar que aglutine a tanto visitante.

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No sabemos qué comercios, qué productos, qué necesidades habrá dentro de cien años. El mundo avanza a una velocidad atropellada. Pero algo parecido debieron decir nuestros mayores, y afortunadamente seguimos disfrutando de estos reductos atemporales de la Plaza Mayor.

Lo que sí sabemos es que, sea lo que sea lo que se comercie, se pagarán impuestos. Así lo decidió Felipe II, y así seguirá siendo.

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Sin definición…

Alejandro Stockert

Nunca es fácil definir un sitio, un lugar. Ni siquiera sé si algo así es posible. Pero lo que sí se suele hacer con mayor facilidad y harta frecuencia, es describirlo; has estado en algún sitio haciendo turismo y esto es lo que has visto, más o menos. Para tu galano relato te hará falta, además de una buena batería de adjetivos, alguna comparativa con lugares semejantes, con opinión personal incluida, así como no dejar de mencionar algunos tópicos del lugar que ya lo acompañaban desde la primera guía de viajes del mundo. Pero todo eso no define un lugar. Y también es muy probable que nada lo consiga hacer del todo: definir un lugar concreto.

Esta era más o menos la línea de pensamiento que seguía mi mente, mientras encaminaba mis pasos hacia la Plaza Mayor de Madrid. Me preocupaba la idea de que la definición de un sitio debe de ser, por fuerza, algo tan acumulativo como inabarcable. Y es que cada lugar es, en buena medida, no ya todo lo que allí suceda cada día, sino también todas las impresiones y todas las experiencias de quienes lo habitan, de quienes lo hacen un poco suyo. Turistas incluidos, claro es.

Por eso no se define un lugar, ni ningún paisaje tampoco, solo con un texto descriptivo. Ni siquiera con las mismísimas fotografías, que más de mil palabras valen cada una, lograremos sino apenas un acercamiento superficial a la definición de un enclave. Ya en este punto de mis entelequias, y bajo el sol justiciero de recién comenzado el verano, un hombre estático, subido a un corcel también estático, sobre un pedestal vallado, y erigido en el centro mismo de la plaza amplia, parecía asentir cada de mis disquisiciones. Así que seguí conjurando con renovadas fuerzas…PlayaMayor

“Ni recorrerlo en una bicicleta alquilada, ni caerte del sedway por no atropellar a un minion, ni sacarte cien mil millones de selfies, con y sin palo… ni tampoco saludando a Chewaca, o al Hombre Invisible, que pasaban por allí… Nada de eso rasca siquiera el barniz de lo quiera que sea la definición de un sitio.”

Y sin tener todavía mi definición, quise yo también sumarme a la miríada de experiencias que se acumulan diariamente en este lugar. Bajo la sombra de los soportales, escuché claras las notas de clarinete de “la tarara sí, la tarara no’, y allí mismo lancé con tino mi foto.

VictorClarinete

El resto del mi tiempo libre lo pasé conversando agradablemente con Victor, de origen mejicano, y acabé concluyendo, de camino a casa, que no hay porqué buscar una definición de un sitio, sino simplemente vivirlo.

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ESAS PEQUEÑAS GRANDES COSAS

Paz Guillén

 

Son las 11 de la mañana, Manuel y su mujer están sentados tranquilamente en la plaza Mayor, los rayos del sol a mediados de junio caen con intensidad sobre sus sombreros y las arrugas de sus rostros hablan de sus vidas pasadas.

-Hace mucho tiempo por aquí pasaba el 60, un tranvia. Mira, me dice mientras su dedo señala en dirección a la puerta de Toledo, daba la vuelta entera a la plaza mayor hasta llegar a su destino final, el parque de la Bombilla.

 

Ahora los tiempos ha cambiado mucho, Manuel entrelaza sus dedos junto a los de su mujer y de vez en cuando se los aprieta con más intensidad. -Entonces había guardias en la plaza vestidos de blanco y silbaban pitos, nosotros nos reíamos y decíamos que llevaban puesto de gorra un orinal hecho de hojalata blanca. Al atardecer veníamos a bailar en las fiestas, aquí había toros y a las mujeres no se las podía tocar ni besar eso era otra historia, así  conocí a mi mujer en esta plaza las fiestas de San Isidro, de repente noto que los ojos negros y pequeños de Toñi se hacen más vivos y luminosos.

Estamos en silencio y los tres miramos a una chica de piel blanquecina disfrazada de Isabel la Católica haciéndose un retrato junto a una turista bajo la gran sombrilla publicitaria de “Free Tour Madrid”. Allá a lo lejos otro grupo de japoneses miran la estatua de Felipe III detenidamente mientras el guía les cuenta alguna anécdota, “la vida ha cambiado mucho, eso era cuando Madrid era nuestro Madrid”- continua Manuel, ahora la plaza mayor es un escenario de circo, sólo hay turistas que vienen a comer y a hacerse fotos con el móvil.

Toñi, me mira tímidamente , -cuando hacías alguna fechoría te justiciaban frente a todos en la plaza mayor, a Luis Candelas lo mataron en la plaza de la Cebada , era un Robin Hood, robaba a los ricos para dárselo a los pobres, mientras el sonido de las maletas que ruedan en la calzada se hace cada vez más nítido.

Volvemos a alzar la mirada y a nuestra izquierda un gladiador Romano de carne y hueso se muestra orgulloso de alzar su escudo y espada dorados frente a nosotros.  Más allá una pareja de amigos se hacen un selfie disfrazados de torero y flamenca.

¿Sabes dónde compramos estos sombreros? Me dice Manuel, dónde el Che- Guevara compró su gorra negra esa que sale en la foto en blanco y negro tan famosa, es aquella tienda de allí los sombreros de Panama son los mejores para protegerse del sol, cada sombrero tarda en hacerse una semana y dura toda una vida. Manuel y Toñi se miran con cariño dándose un beso.

Alzo los ojos y veo a Felipe III, ergido en su caballo y mirando al horizonte, cuantas historias vividas, cuantas pequeñas cosas que hacen grandes cosas.

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El despertar de la Plaza Mayor

ELENA BERROCAL

A juzgar por el silencio y la calma que se respira, nadie diría que estamos en uno de los lugares más céntricos y visitados de Madrid.

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Hay apenas 4 turistas, una familia de madrugadores, que aprovechan esta soledad para fotografiarse con la estatua de Felipe III y las Casas de Panadería y Carnicería sin riesgo a que aparezca algún desconocido que les pueda arruinar la fotografía.

Además de esta familia de turistas, en la plaza hay también un joven disfrazado de Charlie Chaplin, con su bombín, su bastón, su bigote, su traje y un ramo de rosas rojas, que destaca sobre el resto de su atuendo, blanco y negro como sus películas.

Se acercan ya las 9 de la mañana y los encargados de los restaurantes empiezan a despertar. Ahora, además del suave susurro de los pocos turistas que hay, se añade el repiqueteo de sillas, mesas y sombrillas contra el suelo adoquinado de la plaza.

Pasadas las 9 empiezan a llegar los primeros grupos numerosos de turistas, ya que hasta ahora solo se habían paseado por la plaza familias, parejas o grupitos de amigos.

Los primeros en llegar, los siempre disciplinados asiáticos. Se mueven en bloque, todos juntos, como si de una bandada de pájaros se tratase y, a la vez, tienen esa sincronización militar a la hora de seguir las instrucciones de su guía. “Fíjense en el edificio de la izquierda. Clic. Ahora centren su atención en la estatua que tenemos delante. Clic.” Una vez hechas las fotografías y las explicaciones pertinentes, desaparecen sin hacer ruido, en armonía con el silencio del lugar y se dirigen a su siguiente parada.

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Aun así, de una manera tremendamente sutil, casi a cuentagotas, va llegando cada vez más y más gente. Es un goteo lento, pero constante, con lo que la plaza se va llenando. Aparecen un soldado romano y un minion, que se transforman en competencia del Charlie Chaplin madrugador por atraer la atención de los visitantes. Aparecen también más turistas. Algunos se dirigen a las terrazas que habían preparado los encargados apenas una hora antes. Otros, se reúnen en grandes grupos para hacer los free tours y una vez anunciada su intención al guía pertinente, corren a refugiarse a la sombra de los soportales a la espera del comienzo del tour.

Uno de estos grupos de turistas hispanohablantes, en contraposición al grupo de asiáticos de cerca de las 9 de la mañana, lanza un sonoro grito para empezar con fuerza, por petición del guía. Y corriendo y riendo se dirigen hacia el primer punto de interés que éste les indica.

Ahora en la plaza, con este ir y venir de gente, la que se queda y la que solo está de paso, hay un barullo continuo, que no molesto, que da la sensación de que la Plaza Mayor, por fin, ha despertado.

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Pajaritos suicidas en la Plaza Mayor.

Pedro Sabalete Gil

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El monarca y su montura fueron decapitados. Sus restos se esparcen en el empedrado entre una metralla de huesecillos y plumas. Los vándalos escapan dejando atrás el humeante bronce. En la Plaza Mayor de aquella primavera de 1931 se descubrió que un extraño propósito suicida alimentó durante siglos al caballo de Felipe III.  Los gorriones penetraban por su boca y hallaban en el vaciado su sepulcro. Un par de siglos antes en este mismo punto por corrupto y hechicero fue degollado Rodrigo Calderón, valido del Duque de Lerma. Aceptó tan sosegado su suerte que el poeta escribiría “Ciertamente, en vida, mereció la muerte y, en la muerte, mereció la vida”.

Dos apuntes de los cinco metros centrales demuestran que la Plaza Mayor de Madrid es un caldero que rebosa historia. Donde se infiltran las anécdotas personales. En mi primer encuentro con ella se cumplía el aniversario de un atentado que dejó cinco abogados muertos. Entonces la noche la había dejado lamida de escarcha. Sin embargo hervía de manifestantes que fluyendo por la calle Atocha gritaban justicia. Desayunaba junto a mi padre. Aquél niño sin entender bien extrajo, de la gravedad, de los puños cerrados, de las consignas, que asistía a un momento histórico allí mismo.

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Aquél día gris, estos sucesos trágicos están en las antípodas de este mes de junio en que regreso a ella. Ahora todo se vuelca del lado de la luz y se imbuye de un ambiente festivo impostado. Los colores de la Casa de la Panadería, una vez la mejor tahona del reino, se derriten sobre una boda civil que acontece abajo, las cuatro farolas se repletan de candados de amor eterno, un soldado romano habla de fútbol con un mimo, por todos lados un trasiego de turistas que se varan a la sombra de los soportales. Todo es uniforme, demasiados ecos de muchas partes.

¿Qué queda de autenticidad?

Quitar esa capa de globalización para descubrir que aún entre sus comercios escasean las franquicias, que abundan las cordelerías, las alpargaterías, corseterías, numismáticas, caramelerías y tabernas viejas donde el sofoco de hoy revaloriza el trago fresco, o que entre los transeúntes vagan ancianos encorvados y pálidos que bajaron a comprar pan. Tan nobles, tan dignos. ¿Escaparon de un libro de Baroja o de Galdós?  Un cielo por el que vuelan los vencejos ajenos al tumulto y al espacio donde sucumbieron sus hermanos o que hoy gobierna la ciudad una superviviente de aquél lejano crimen.

Detecto, en la Plaza Mayor, un movimiento espiral. Cada año, como cada vuelta, la elipse se aleja más de lo que fue y a la vez precisa reconocerse en la gravitación de su esencia de su centro. Tal vez la vida en las ciudades deba ser así o sea yo el que necesite apropiarme de un pasado.

Por eso, por conocerla tanto, prefiero visitarla en los márgenes del día, ganarla con cierta soledad, con los comercios cerrados. Sé que los murmullos decrecen con las horas y los últimos suelen ser las coplas de los mesones de su espalda. Prefiero su amanecer, con el olor a pan fresco y aceites nuevos, justo antes de que el enfático sonido de los motores la cerque, confío en regresar de noche otra vez, conozco que aún en un determinado momento puedes escuchar tus pasos sobre ella, recuperar entonces el latido de este corazón castizo.

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Los gatos con sombrero

Sonia Jeannette Grajeda

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Llegamos a las 11:00 A.M., un Sábado de Junio, calor y mucho sol. Empieza a verse gente y las tiendas que ya están abiertas. Esta vez no vengo de lejos. La primera vez fue un impacto.

Quién diría con esta luz que ciega, que estamos sobre un pantano?….Lagunas de Luján. Una plaza tan bonita, con colores en sus paredes en honor a los dioses, que ha cambiado desde su inicio, ha sido incendiada y reconstruida varias veces…..la Plaza Mayor de Madrid, llamada en sus inicios Plaza del Arrabal.

Zona de cuchilleros, carniceros, panaderos, embaucadores, prostitutas, gente haciendo trueque y regateos…..se dice “si compras en Casa Bringas, o regateas o te pringas”, es una calle muy conocida de la zona.

Rodeada de bares variopintos que ofrecen distintos tipos de menús, que coinciden en servir buena cerveza y donde puedes pedir un bocata de calamares o un plato de diseño muy elaborado. Tabernas como Los Galayos, con tradición literaria y que sirve a sus clientes desde 1894. Llena de historias curiosas y género variopinto podemos ver jamones, salazones, vinos, libros, recuerdos y sombreros con historia.

Muchos Gatos y los que no lo son, han pasado por sus tiendas. Algunos con sombreros, otros con gorras. Hay una sombrerería que lleva más de un siglo, en la que tanta gente, como Arturo Pérez Reverte, Joaquín Sabina o el Che Guevara han comprado sus bombines o boinas. Allí encuentras muy buenos sombreros Panamá, que son originarios de Ecuador y que pueden costar más de €190.00, hechos a mano. También hay buenas botas de vino, tan tradicionales en otros tiempos.

Acompañada de la familia, una de las veces que hemos ido a tomar algo a por allí, me sorprendí viendo una tienda de sombreros…..en mi época no se han usado, pero recuerdo a mi abuela contar que el abuelo sí que llevaba sombrero, era parte del atuendo para ir presentable y elegante. Esta tienda ha sobrevivido más de 100 años, se llama La Favorita y actualmente la cuarta generación, descendientes de Teodoro Enguita, es la que trabaja y la mantiene abierta, venden producto hecho a mano y de buena calidad. Siguen teniendo los mismos mostradores del principio y las cajas para guardar los sombreros siguen siendo similares a las del inicio.

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Se confunden los tiempos…, podemos sentir que paseamos por un lugar lleno de recuerdos medievales, que siguen vigentes y se mezclan con dibujantes de caricaturas, gente disfrazada de dibujos animados que pasean, músicos que interpretan todo tipo de melodías, grupos con guías turísticos, gente que camina, que corre, una menina de Velásquez, o que incluso van montados en segway.

Si usas la imaginación y los sentidos, puedes viajar en el tiempo. Podrías haber coincidido con Benito Pérez Galdós en el Café del Gallo, llamado también “el café del esposo de la gallina”. Pérez Galdós era asiduo al lugar mientras escribía su novela Fortunata y Jacinta. En ése mismo café se despachaban los billetes de la diligencia a los “Carabancheles”, ahora ya no está.

También se encontraban tiendas de numismática y filatelia, lamentablemente ahora ya han cerrado. La gente a cambiado de gustos y ya no se lleva coleccionar monedas o sellos.

Un antiguo bar llamado El Púlpito, taberna fundada en 1672 que contaba con gente poco recomendable, ahora tienda de recuerdos.

Este lugar ha sido usado para eventos variopintos, manteniendo su identidad. Se han podido ver corridas de toros, actos públicos, procesiones, fiestas, representaciones de teatro, juicios de la inquisición e incluso ejecuciones. Ha celebrado y sufrido……incluso atentados.

Recuerdo mi primer visita a la Plaza Mayor, sentir la emoción de lo que contaban sus paredes, esas piedras en el suelo que guardan miles de historias, sonidos, colores, olores que varían según la estación del año, ese abolengo castizo.

Disfrutar de las ventas navideñas como un niño, observando, inspeccionando con curiosidad, imaginando las manualidades que pueden adornar nuestras casas.
Recuerdo las fotos hechas al pie de la estatua ecuestre de Felipe III, que ahora está protegida y que guarda recuerdos de malos momentos. Los bancos que en sus respaldos tienen imágenes de esas actividades que se han llevado a cabo en la plaza, talladas en bronce, ahora también llenas de candados, como se ha hecho en muchos puentes para confirmar el amor que sienten las parejas jóvenes.

bancos farolas
Ya dejando la plaza, saliendo por la Puerta de Toledo quise hacer una de las últimas fotos y me sorprendió ver que en lo alto de los edificios se veía a una mujer que estaba tendido al sol su ropa recién lavada. Fue curioso ver que en una plaza turística con tanta gente pasando por ella, también incluye a las personas viven allí y que de forma anónima entran a forman parte de la historia que nos cuenta la plaza.

mujer tendiendo ropa

No hay que olvidar tampoco, las calles que rodean la plaza, los bares en las cuevas, esas tiendas que ya cuentan más años que nosotros y que forman parte del paisaje de ciudad.

Es un lugar para ir, descubrir y regresar. Te apuntas?

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