La verdadera quintaesencia de la Plaza Mayor.

Christine Füssel

Tal vez es el único lugar en el mundo donde te puedes sacar una foto con un marinero sin cabeza, un indio, Spiderman, Mickey Mouse y Bob Esponja al mismo día.

Esas son las cosas que saltan a la vista, nada más entrar a esa plaza en el corazón de Madrid: músicos callejeros entreteniendo a los turistas mientras se toman un café o unos churros en el sol. Más turistas montando en bicis y segways, tratando abrirse camino entre la muchedumbre. Charlie Chaplin y Miñon absorto en una – como parece – profunda conversación. Dos jóvenes en calzoncillos, fumando en uno de los balcones. Un Spiderman con sobrepeso que tontea con un grupo de chicas inglesas. Un pintor, tan sumergido en su trabajo que no parece oír los murmullos y gritos en sus alrededores. Unos camareros estresados que no paran de correr entre los bares bajo las arcadas y las mesas en la plaza, llevando bandejas llenas de cervezas y sangría, y platos de jamón, paella y calamares. Un hombre que intenta sacar gigantescas pompas de jabón, que no siempre le sale a la primera. Una orquesta tocando la melodía de “Madrid, Madrid, Madrid”. Tiendas en las que se puede comprar cualquier tipo de kitsch, desde abanicos floreados, delantales al estilo flamenca, hasta toros de porcelana. Y por supuesto, esa cabra loca llena de espumillón, de la que nadie realmente sabe qué por Dios quiere representar (pero eso sí, hace reír a la gente).

Esas son las típicas escenas turísticas que todos conocemos, y que ocurren día tras día en la Plaza Mayor de Madrid, no importa la época del año. Pero también hay escenas más sutiles. En las que solo te fijas si pasas más tiempo por aquí, absorbiendo lo que te rodea, observando los pequeños detalles.

Como por ejemplo unos señores mayores que se han juntado en una esquina, llevando a sus perros a pasear. Una chica leyendo un libro en una de las azoteas, con las piernas encima de la mesa. Un barquillero vendiendo sus dulces “muy típicos de Madrid, ¡y muy ricos!” como me asegura, como antes hicieron su abuelo y bisabuelo. Tres señoras que andan cogidas de los brazos, y el marido de una de ellas siguiéndolas con su bastón, siempre unos pasos por detrás. Unos cartones que ha dejado un sintecho apoyado en el portal de una casa, para cubrirse con ellos por la noche. Un bar taurino de toda la vida, donde los camareros me invitan a entrar con un ““Bienvenido guapa, ¡esa va a ser la mejor foto que sacarás en todo el día!”.

Para mí, esas son las escenas más auténticas de la Plaza Mayor. Las que realmente definen esta plaza y la vida de la gente de por aquí. La verdadera quintaesencia de este sitio son ellos, y no los miles de turistas que solo pasan aquí unos cortos momentos.

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Los tesoros ocultos de la Plaza Mayor

Los negocios de filatelia y numismática, hogar de pequeños tesoros de la historia, sobreviven a la “turisficación” de la Plaza Mayor

Entro en una pequeña tienda de sellos y monedas escondida en los soportales que rodean la Plaza Mayor. Francisco Segarra Filatelia, dice en el escaparate. Solo he cruzado el umbral de la puerta y parece que he entrado en otra dimensión. Silencio y calma. Dos hombres, uno de pie y otro sentado en un pequeño mostrador de madera, me saludan y me preguntan qué deseo. Cuando voy a contestar, otro visitante entra en la tienda. “¿Qué desea?”, le preguntan también. “¿Compran pesetas?”, quiere saber el posible cliente. “¿Qué tipo de pesetas?”. El hombre duda. “Pesetas españolas”, dice tímidamente. Los dos trabajadores se miran con complicidad hasta que el que está sentado le hace un gesto con la mano y le pide que se las muestre. El visitante saca de su cartera un par de billetes, uno rojo de 2000 pesetas con la cara de y otro de 1000. “Por esto te puedo dar 70 euros”. “Que poquito, déjenlo entonces”, se despide.

La tienda de Francsico Segarra es uno de los cinco negocios de filatelia y numismática que se encuentran en la Plaza Mayor. Curiosamente, y a pesar de que este negocio está desapareciendo,  son estos tipos de establecimientos los que han sobrevivido a la turisficación de la plaza madrileña cuyos locales están ocupados ahora por bares, restaurantes y tiendas de souvenirs. “Las pesetas de la última época no tienen apenas valor”, me explica el hombre sentado que resulta ser el propio Segarra. Son pequeños trozos de papel  y monedas de plata, oro y bronce, pero ahora me intereso por estos pequeños tesoros que parecen ser los responsables de que Segarra pueda seguir manteniendo abierto este negocio familiar fundado a mediados del siglo pasado. “¿Funciona bien esto del coleccionismo?”, le pregunto. El dueño sonríe resignado y niega con la cabeza. “No demasiado, por desgracia, y es una pena porque si esto se pierde perderemos un pedazo de historia”. El hombre de pie, Francisco López, interviene en la conversación. “La gente, los jóvenes sobretodo, ya no valoran el coleccionismo. Yo he aprendido más aquí que yendo a la escuela, a través de los sellos, las monedas y los billetes se pueden descubrir muchas cosas de los países y sus culturas”.

Yo también descubro que la Plaza Mayor, que este año celebra su IV centenario, reúne cada domingo a curiosos, coleccionistas y amantes de la filatelia y la numismática en el Mercado de Monedas y Sellos. El origen de este mercado se remonta al año 1927 cuando un grupo de coleccionistas que se reunía en la Plaza de España cambió decidieron cambiar su lugar de encuentro y trasladarlo a la centenaria plaza. Poco a poco, el mercado fue teniendo más comerciantes hasta convertirse en toda una tradición castiza que forma parte de la cultura de la ciudad.

De repente, me he convertido en una fan de estos pequeños objetos de coleccionista y quiero saber más. Serraga me recomienda ir a la filatelia de Félix Arias, a unos pocos locales más allá de su propia tienda. “Arias fue presidente de la Asociación de Filatelia de Madrid. Él te contará más”, me despide en la puerta.

De vuelta en el infierno de la multitud, camino por los soportales adoquinados mirando los rótulos de los establecimientos. Sombreros La favorita, tienda de souvenirs Olé Madrid y ahí está, en el Filatelia Félix Arias en el número 28. Me acerco al mostrador y pregunto al que, intuyo, es el señor Félix Arias, que con cierta prisa, recoge sellos con unas pinzas y los mete en fundas plastificadas. A su lado, un joven atiende a una señora. “¿Y estos son los únicos sellos de Harry Potter que tienen?”, pregunta la mujer. El chico asiente. “Vale, me los llevo”. Finalmente, el señor Arias me pregunta qué deseo. Le explico mi interés, pero desgraciadamente no puede atenderme en ese momento. “Vuelve el lunes y te atenderé encantado”. “No estaré aquí para entonces”, le contesto. “Si no acabo con esto, cariño, tengo que cerrar el negocio”, me dice disculpándose con una sonrisa.

Abandono el lugar no sin antes tomar fotos de unas monedas que me dejan fascinada. De verdad son pequeños trocitos de historia: monedas de Isabel II, de Alejandro Magariños Cervantes.. Cruzo la plaza sorteando turistas, vendedores ambulantes y artistas callejeros; y como si de una mesa de billar se tratase, me escapó por uno de sus agujeros, por la calle Zaragoza, más concretamente. Allí, pequeñito pero resultón, se asoma un pequeño cartel que dice: Filatelia- Numismática Sánchez. Es un local de apenas tres metros de largos y unos palmos de ancho. Al fondo y escondido tras un escritorio, se encuentra David Sánchez. “¿Es el dueño del negocio?”, le pregunto antes de presentarme. “No, no, es mi hijo, yo estoy jubilado, ¿qué digo? Súper jubilado”, se ríe. Sánchez comenzó en esto de la filatelia en el año 76 y en el 81 decidió comprar este local situado en el número 11 donde antes había una panadería. “La verdad es que mantenerse por aquí es casi un milagro por cómo están los alquileres”, me cuenta. “Menos mal que este es mío, lo compré por un millón de pesetas, que no era poco para la época”. Con nostalgia me explica que le encantan los sellos clásicos. “Mira este”, me señala uno en la vitrina, “es de la visita de Franco a Canarias, solo se hicieron 3000 y ahora cuesta 6000 euros cada uno”.

Ya fuera de la tienda de Sánchez contenta por mi hallazgo en el día de hoy, pienso que quizás los negocios de filatelia y numismática permanecen en la Plaza Mayor por alguna buena razón. Después de todo, son lugares con historia.

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 Recorriendo la Plaza Mayor de Madrid un día de otoño (que parecía primavera)

Héctor Pérez

Un pasodoble sonaba de fondo al entrar por el Arco de Cuchilleros (el más famoso de los diez accesos) cuando me dispuse a recorrer la plaza porticada del corazón de Madrid de los Austrias, el casco viejo de la ciudad y el punto de partida de ideal para una visita a uno de los barrios con más encanto de la capital española. Por no decir, el espectacular día que hacía; a pesar de encontrarnos ya en la estación otoñal. Los cientos de turistas y locales que colmaban la plaza, vestían de pantalón corto y mangas de camisa; un grupo de australianos bebían cerveza bien fría en una terraza, una pareja de ingleses tomaban el sol en un banco, unos japoneses se hacían un ‘seilfie’ con la estatua de Felipe III detrás y otros se disponían a escuchar el repertorio musical que había preparado la banda de Policía Municipal de Madrid para conmemorar el cuarto centenario de la construcción de la Plaza.

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La decoración que podemos contemplar en la fachada no ha sido igual a lo largo de los años, debido a las reformas y rehabilitaciones. Las pinturas murales que cubren hoy el edifico son obra de Carlos Franco, en la que se distinguen figuras mitológicas relacionadas con la historia de Madrid como la diosa Cibeles.

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Esa decoración antigua choca hoy en día con la gran cantidad de ‘souvenir’ y regalos modernos encontrados en los escaparates de las tiendas ubicadas en los cuatro costados de la plaza. Igualmente, llama la atención las personas disfrazadas de superhéroes y dibujos animados con el fin de que los visitantes se hagan fotos con ellos. El contraste es grande!

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El visitante de la Plaza Mayor puede encontrar una gran variedad de la gastronomía española (paella, callos, fabada, cocido, jamón) pero mejor no hablar de los precios…

Eso sí, no te puedes ir de la Plaza Mayor de Madrid sin probar el famoso Bocadillo de Calamares y sobre todo el de Casa Rua (C/ Rodrigo 3)  que lleva sirviendo los mejores desde 1940.

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Una caricatura en la Plaza Mayor

Cristina Yusta Vírseda.

“¿Puedes leer lo que pone debajo de la estatua?”; a mi lado, un par de turistas con marcado acento británico tratan de entonar “la reina doña Isabel II, a solicitud del Ayuntamiento de Madrid…”, escrito en letras doradas bajo el monumento a Felipe III situado en el corazón de la Plaza Mayor. Mientras, calculan cuánto tiempo les queda por la zona hasta su próximo destino en esta visita a la capital.

Desde un privilegiado balcón, una mujer se asoma – parece recién levantada – para observar cómo transcurre la mañana en la plaza. Como novedad, se encuentra a la Banda de Música de la Policía Municipal de Madrid tocando pasodobles a primera hora, aunque después continúan con reconocibles éxitos del pop para ganarse los aplausos de un buen puñado de espectadores. Es posible que haya tenido mala suerte, pero es mejor no preguntar a los policías por su actividad como músicos, ya que por no contar, no te dicen ni su nombre: “no te lo digo que luego lo publicas y me conocen”.

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Otra de las formas de vida que se desarrollan en la plaza son los artistas callejeros. Un mimo, que poco se parece a Charles Chaplin, me sonríe y hace señas mientras fotografío a un hombre dibujando pompas de jabón por encima de una manta de niños. “¡Eres un fenómeno!”, anima a uno de los pequeños. En la fachada de enfrente, en la Casa de la Carnicería, se concentran hasta cinco caricaturistas, escondiéndose de un sol que pica demasiado para estar en octubre. Esther lleva treinta años pintando burlones retratos en la Plaza Mayor y si tienes suerte, contará alguna anécdota mientras pinta; como aquella vez que una mujer hindú se sentó en su taburete – y muy seriamente – comenzó a sacar de su vestido figuritas de diferentes deidades, colocándolas cuidadosamente en su regazo para un solemne retrato, sin saber que lo de Esther, eran las caricaturas.

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En una de las terrazas que pueblan la plaza, un viajero rodea en su guía turística “los diez lugares imprescindibles en Madrid”, listado del que ya puede tachar la centenaria Plaza Mayor. Ahora puede continuar su paseo por cualquiera de las calles colindantes, que estarán tan llena de vida como su lugar de origen.

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La extranjera madrileña de la Plaza Mayor

Eva Gruss – Hay quien dice que la belleza no está en las cosas, sino en los ojos del que mira y, por qué no, en las orejas del que escucha. Puede ser que tan solo faltaran por alquilar unas gafas. Mirar, observar, empaparte del lugar que pisas y la tierra que te vio nacer.

 

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La Plaza Mayor hoy se escucha diferente, como Mecano, Nacha Pop, o como uno de esos pasos dobles que mi padre me ponía en el salón de mi casa y yo me subía a bailar a la mesa con tres años. Pero hoy se escucha, además, como una orquesta de viento, como decenas de voces extranjeras y acentos ajenos que se entremezclan en un coro de vida. Madrid, latiendo desde su centro, y yo, que aprieto el botón de pausa en un lugar que he visto demasiadas veces pero, ahora me doy cuenta, no las suficientes.

 

Los policías de la Banda Municipal, que tocan en diferentes lugares de la capital en las fechas estivales, y que hoy se dedican a disfrutar de su música, se reflejan en sus propias tubas y trompetas, al igual que los edificios que rodean la plaza. Primera pista: la fachada de La Carnicería se puede ver en el latón del instrumento totalmente del revés.

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Ando hacia esa misma fachada, la cual cubre de sombra a los artistas que se arremolinan bajo ella para vender sus obras: una cámara oscura que pretende capturarnos en un tiempo que ya ha pasado (el escenario histórico está servido), caricaturas de turistas, cuadros que invitan a la tradición española y… ¡ah! Sus creadores, ese manojo de almas con interés inquietante por reflejar lo que ven, por contarnos una historia. Aquí hay gente que lleva más de veinte años  trabajando. Segunda pista: espacio de oficio, filtro que oscurece el paisaje.

“Yo, lo que más odio de Madrid, probablemente sea la cabra”, me dice Daniel, extremeño de acento redomado. “Yo también”, me digo a mí misma recordando aquel invierno en el que, de repente, tres de ellas salieron de debajo de una mesa de la Plaza del Sol y me asustaron tanto que, de lo preventiva que me han hecho, ya no lo volvieron a conseguir. Para el que no lo conozca, una cabra madrileña, es aquella figura revestida de serpentinas de colores y una careta de animal que, dicen, lleva un humano dentro.

Sigo andando entre falsos animales, Micky Mouse y hordas de turistas, que me llevan a fijar mi objetivo de la cámara en uno de esos hombres, que puedes encontrarte en cualquier lugar de Europa, que hace burbujas gigantes que los niños se dedican a romper. Los críos ríen, los padres capturan el momento con sus móviles y el señor, sin recibir ni una moneda a cambio, no deja de sonreírles. Tercera pista: las banderas de España y la estatua de Felipe III pintadas de colores tras la ventana que les brinda una pompa de jabón.

Le pregunto a José, un señor ya de pelo cano, si le gusta esta plaza y, después de remitirme a la historia que ve reflejada en cada una de sus esquinas, me responde: “No hay más que verla para ver lo bonita que es”. Y, de nuevo, esa pista, que ya es solución, esos ojos que enseñan a mirar desde otra perspectiva, nunca la real, siempre la propia y, por ello, siempre extraordinaria.­­

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Pedacito de Madrid.

Eduardo Budia.

Cruzo el umbral del gran arco de entrada y lo primero que llama la atención de mi oído es el “tchin tchin” de dos jarras de cerveza que una pareja disfrutan a la sombra en una terraza. Después del trago viene un bocado a algo que, para mi asombro, no es un bocata de calamares sino una tosta de chorizo. Seguramente, si estuviese más cerca, hubiese podido escuchar también el crujir del pan.IMG_3532

Levanto la mirada y me encuentro con un puñado de extranjeros, presumiblemente guiris, que, valientes, disfrutan también de sus cervezas, esta vez al sol. Sigo avanzando. Despacio. Un poco más alejada de mí veo a una persona disfrazada de Charlie Chaplin jugueteando con tres asiáticos, seguramente intentando que le diesen un par de monedas. Pronto es mi turno, se me acerca una anciana pidiendo limosna, insistente, parece necesitarla de veras. He de admitir que hay que tener valor para decir que no, no solo a ella, sino a la cantidad de personas que por desgracia hay así en este lugar; más aún cuando ves que la pobre señora es echada por un camarero con chistidos de la terraza del siguiente bar, cuando intentaba pedir algo de una mesa.

Aquí, cada uno se gana la vida como puede. Uno camina dando vueltas vestido de “minion”, a la espera de que a algún niño le haga ilusión echarse una foto, otro se disfraza de hombre sin cabeza e intenta posar con los transeúntes que pasen por su lado. Manteros africanos extienden sus puestos en un abrir y cerrar de ojos, lo mismo que tardarían en recogerlos si la policía hiciese acto de presencia; ninguno está dispuesto a hablar conmigo. Un pompero acapara la atención de una niña que, atónita, ve cómo la sobrevuelan pompas más grandes que ella. “El indio ese no tiene nada que ver acá”, me confiesa Rodrigo, un argentino que está de visita y que, no sé si asombrado o aborrecido, observa un señor disfrazado de indio que juguetea con otra gente.PSX_20171007_185705

Poco a poco me interno más en ese espacio rectangular y abierto, de suelo empedrado y que, a primera vista, está rodeado por cuatro paredes que forman edificios de tres pisos, rojos en lo alto y de piedra gris en la base. Cada uno tiene su historia, ya que pertenecían a mercaderes, carniceros, cuchilleros o vendedores de lana.

En su interior, aparte de la cantidad de gente que hay, se encuentran cuatro farolas y una estatua de un hombre a caballo, Felipe III. El que sea de aquí sabe de qué hablo; el que no,  bienvenido a la Plaza Mayor de Madrid.IMG_3551

Gente, gente de aquí y de allá, turistas, trabajadores, familias, niños y niñas. “Ahí pones la cabecita y te haces la foto”, le dice una niña a su abuela, “qué lista eres” responde ella. Maravilloso. Observo guías y guías perseguidos por rebaños de extranjeros, los cuales llaman mi atención, porque, ya es mediodía y siguen con sus churros.

Si te paras y fijas bien, puedes notar el contraste de la movilidad que tiene la gente con la quietud de los camareros que, inmóviles como la Guardia Real británica, esperan en las terrazas de los bares a los siguientes clientes. Sin embargo, esa movilidad no se ve reflejada en cuanto al sonido. Me explico, para ser un lugar bastante transitado, es paradójico el poco nivel de ruido que hay, lo que a mi parecer lo convierte en un sitio tranquilo. PSX_20171007_185821

Sin duda, la Plaza Mayor es un sitio donde se pueden disfrutar diferentes actividades. Puedes hacer fotos, dejar que te pinten, tomar algo fresco, hacer pompas gigantes o dejar atado un candado con tu novio en una de las farolas del interior de la plaza. Es un lugar de encuentro, de visita, un pedacito de Madrid construido en la época de los Austrias que no dejará indiferente a nadie. Como decía Luis de Benavente: “pues el invierno y verano, en Madrid solo son buenos, desde la cuna a Madrid y desde Madrid al cielo”.

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Una cabra en la Plaza Mayor

Madrid, Cristina Corte

El pasodoble que interpreta en directo la Banda de Música de la Policía Municipal se mezcla con el de un cencerro, señal inequívoca de que Vasile (nombre ficticio) comienza su jornada laboral. Este rumano –italiano tiene cuarenta y cuatro años ha pasado los últimos siete caracterizándose como una cabra danzarina para ganarse el sustento con el que alimentar a sus cinco hijos. Su disfraz, hecho con poco más que medio centenar de pelucas de fantasía cosidas a una manta,  es uno de los más fotografiados por los cientos de turistas que a diario visitan a pie o en bici la Plaza Mayor de Madrid.

Ni la lluvia ni los más de treinta grados que llegan a marcar en octubre los termómetros de la capital española lo disuaden de hacer sonar su campanilla al ritmo de una coreografía que entusiasma por igual a niños y mayores que, a cambio del baile, le entregan unas monedas. “Antes se ganaba bien pero ahora es poco negocio” dice mientras empapado en sudor cuenta junto a la Oficina de Turismo lo recaudado en la última media hora: algo más de seis euros. Si la Policía se lo permite se quedará ocho horas más haciendo el cabra.  Acaparar los flashes no es tarea sencilla:  Vasile tiene que competir con un indio en taparrabos, un Spiderman de barriga cervecera, Mickey Mouse o el mismísimo Charles Chaplin en el lugar que más tópicos acumula sobre la cultura española: en sus 129 metros de largo los visitantes pueden degustar una paella, hacerse fotos ataviados con un traje de torero o sevillana, comprarse en el top manta la camiseta de Messi porque la de Cristiano Ronaldo está agotada o simplemente inflarse a tapas y cañas. Las banderas de España, sobretodo las que llevan un toro de Osborne impreso, también son  demandadas por un público que con extrañeza observa como un blasón republicano descansa sobre el tejado junto al balcón de la Plaza Mayor.

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Vasile es una cabra pero sueña con ser constructor. Asegura que si le dieran una oportunidad en el sector de la albañilería sería capaz de levantar con sus manos un edificio casi tan bonito como el de la Plaza Mayor que, según cuenta a su lado una guía turística, va a celebrar esta tarde sus 400 años en pie  con un desfile en el que no faltará  el carro de Neptuno ni el de Cibeles. Los receptores del mensaje son medio centenar de ecuatorianos que se quedan medio pálidos cuando la mujer  les cuenta que en ese mismo lugar ricos y pobres se juntaban hasta 1974 para ver cómo se ajusticiaban reos con la técnica del garrote vil. El susto pronto se les pasa y la manada se dirige presta a hacerse una autofoto con la céntrica estatua ecuestre de Felipe III. “Este algo muy importante tuvo que hacer para que le pusieran un monumento tan grande”, reflexiona el más joven del grupo. Su compañero compra un palo de “selfie” a un vendedor que aparece casi como por arte de magia junto a la escultura y que guarda la mercancía en una bolsa de plástico de supermercado poco sofisticada.  Cinco pasos por delante el onubense Ángel Pérez, natural del valle del Tiétar, comenta a su mujer que él ya está empachado de tanta cultura y que lo que realmente le apetece es hartarse a callos o calamares en algún sitio donde no pegue tanto el sol a mediodía. Su pequeño paraíso lo encuentra en la salida que va a dar a la calle Botoneras. Allí, en el número cuatro, despacha bocatas desde hace treinta años el salmantino  Santos Ramos Iglesias. “Un sábado bueno despachamos 300 kilos de calamares tranquilamente” presume. La cola que se forma en el exterior del establecimiento da fe de que no miente. Las siete mesas de “La Ideal” arañan espacio al estrecho pasillo en el que adornos de vírgenes compiten con un retrato de la torera Beatriz Tablado en el que aparece apuntado su número por si algún aficionado a la tauromaquia necesita que le echen un capote. El truco para que el aforo – de 35 personas- esté siempre lleno reside, según Ramos,  en escurrir bien los calamares (traídos desde Galicia) para que no sepan demasiado a harina y freírlos en aceite bien caliente.

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