De la Plaza Mayor al cielo

ANDREA PÉREZ.

Madrid es esa ciudad que nunca acabas de descubrir, y sí la descubres, alguna fuerza divina te sigue obligando a volver a re descubrirla. Eso pasa en pocas ciudades. Y pocas ciudades te dan un portal a otro mundo.

Un mundo de colores, donde se te desarrolla el olfato de forma animal, natural.

Donde existe el choque entre diferentes realidades.

Donde encuentras lo antiguo compitiendo con lo actual. Una lucha eterna por proteger su espacio.

Un lugar, donde todas las personas del mundo, aunque no se conozcan, caben en él.

Hablamos de la plaza Mayor.

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La plaza Mayor está situada en el centro de Madrid. Y podría competir con la Plaza de Sol pero es tan orgullosa que sabe que, no necesita exhibirse tanto para ser admiraba. Acabas entrando en ella quieras o no. Te induce a la quinta dimensión.

Antes de entrar, ya puedes estar hablando con tú amigo, familiar o colega la última novedad del momento que cuando te vas acercando a ella, una fuerza sobrehumana te sube el cuello hacia arriba para que contemples sus puertas.

Y ves en primer plano lo que te espera.

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Cuando estás dentro de la plaza Mayor, el instinto animal se te despierta. Hueles lo imaginable, observas tanta diversidad de personas y objetos que tienes que centrarte en un punto en concreto para no perderte. Es como viajar a mil mundos en unos escasos segundos. En este lugar, se mezclan los olores del café, chocolate, cerveza, paella y bocadillo de calamares mientras desfilas por sus pasillos anchos y viejos. Un paseo entre el pasado y el presente. Comercios del 82 y bares de esta generación. Ruidos de platos que se posan en la mesa. Bailes de bandejas entre mano y mano. Y el estrés continúo de las familias que no encuentran la figura de la flamenca, en la tienda de suvenires más antigua de la plaza.

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Cuando te vas alejando de las mesas y los manteles, llegas al centro de la plaza.

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Quizás el epicentro del mundo. Digo mundo porque, entre selfie y selfie, el oído atrapa un “Mamma mía” “Oh my god” “Merci” “Halo!” e incluso, un “ 私はこのサイトを愛して “ (me encanta este sitio). Idiomas siempre dedicados a los artistas que trabajan ahí. Artistas que desprenden esencia a tinta, baile y conversación.

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-El retrato con tu niña son 5 euros. Y con la guapa que eres te lo dejo a 5×2. ¿Y de dónde sois? ¿Alemanes? ¡Yo aprendí dibujo en Berlín!

Es viajar entre los adoquines y el cielo.

Sin embargo, hay otra realidad que nada tiene que ver con el viajero de clase turista. Es hablar de otro tipo de viajero. Del viajero que recoge sus bolsas de mantas donadas de su rincón de siempre, a otra esquina aislada de los flashes y los tours de guías. Los verdaderos inquilinos de la plaza Mayor. Nómadas que duermen en ella y por el día emigran de una esquina a otra para ser invisibles a los objetivos de las réflex. Casi se ven incómodos. Cómo sí ellos fueran los que molestarán. Cómo si ellos estuvieran invadiendo la casa de alguien.

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Aun así, la plaza Mayor nunca tiene sus puertas cerradas. No discrimina a quién quiera entrar. En ella conviven tantas realidades como mundos que, de algunas forma, mantienen un delicado equilibrio.

Sí, es fácil perderte entre tanto caos. Pero también fácil, volver a empezar.

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La plaza Mayor te ofrece casi cinco salidas a diferentes calles del centro.Sur, Norte, Oeste y Este. Tú elijes después de meterte en ella, a dónde decides perderte o encontrarte.

De todos modos, te pierdas o te encuentres, recuerda:

Siempre nos quedará un bocadillo de calamares in Plaza Mayor, diría una ex alcaldesa.

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Macarena Pérez de Arce

 La Plaza Mayor más allá  de los bares y de la clásicas camisetas de las tiendas de souvenir.

Por Macarena Pérez De Arce

Nueve puertas son la entrada a un lugar que te transporta al pasado. Un pasado que está completamente adoquinado y  lleno de pasillos repletos de tienda y bares, los cuales invitan a diario a miles de culturas a posarse sobre una silla a observar el centro de este gran rectángulo que une historia, vidas, turismo y personas.

 

Este gran rectángulo no solo tiene bares y restaurantes sino que también esconde pequeños rincones llenos de energía, familia y por sobre todo generaciones. Generaciones como las de Conchita, una mujer que atiende una juguetería que te hace recordar el olor de los juguetes de lata, que muchas veces los niños heredaban de sus hermanos y estos de sus padres y así. Canicas, muñecas de todas las ciudades de España con sus trajes típicos y uno que otro juguete de madera,  hace que este sea un refugio para escapar del caos que te ofrece esta gran plaza pero sin dejar de presenciar la historia.


Esta es una de las primeras jugueterías y la cual fue abierta en 1919. En ese entonces todo era distinto, la plaza no es lo de hoy sino que era un lugar de familia, un lugar donde había en ese entonces siete jugueterías, gorrerías y uno que otro bar (algo necesario pues según Conchita “le da vida al lugar”) además de las tiendas de sellos y filaterías.

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Filaterías como las de Paco , un coleccionista que tiene la mirada puesta en la estatua de Felipe III, mientras que cientos de turistas pasan por fuera de su tienda y se detienen frente a su vitrina a mirar las monedas del mundo. Un hombre que está aquí desde 1971, quien además creció y vivió viendo como este gran pedazo de historia se ha ido transformando en un lugar repleto de diversas lenguas y vidas que lo hacen único y mágico.

Conchita y Paco son dos personas que han visto como el paso del tiempo y las tecnologías se han hecho notar, pues pese a eso, ellos siguen manteniendo ese toque de antigüedad que te hacen volver al ayer y deleitarte con lo simple y bonito que te ofrecen los lugares turísticos como éste. Pero ambos concuerdan en algo “hay que saber adaptarse a los tiempos”.

Son estos sitios que te hacen ver más allá del vendedor del palo selfie, del Spiderman con panza y uno que otro personaje que le dan el toque de humor a un espacio tan histórico como éste. Son esos pequeños lugares que pese a todas las adversidades como los alquileres caros, la baja en las ventas, se siguen manteniendo ahí, intactos y a la espera de recibir al turista que quiera una experiencia que vaya más allá de los souvenir que dicen “alguien que me quiere mucho me trajo esta camiseta de Madrid”.  Paco y Conchita son quienes ven como el turista pasa por sus vitrinas para mirar y seguir, sin darse la oportunidad de ver lo que es y era Madrid en el siglo pasado pero en el presente.

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¿Qué hay en la Plaza Mayor que sea totalmente característico de Madrid?

Por Jose Lóp de El viaje me hizo a mí

Ali y Javi vinieron a Madrid a pasar unos días. Probablemente son jóvenes y este era de sus primeros viajes como pareja. No se les había pasado por la cabeza dejar un candado del amor en la Plaza Mayor pero al ver que otras personas ya lo habían hecho decidieron apuntarse a la moda. Seguramente se dieron un tierno beso tras cerrarlo y guardaron cada uno su llave. O quizás prefirieron tirarlas al río.

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Esta pareja eligió Madrid pero si hubiesen visitado otra ciudad Europea no hubiese sido difícil que se les ocurriese la misma idea. Esta costumbre, que posiblemente empezó en el Puente de las Artes de París, se ha extendido y ahora encuentras candados en los sitios más inverosímiles. Yo sinceramente estoy un poco cansado de verlos por todas partes.

Un primer vistazo a la Plaza Mayor

Me siento en un banco justo al lado del candado y miro a mi alrededor. Veo unos turistas sonrientes haciéndose fotos. A unos metros de mí una chica levanta un paraguas mientras su grupo de Free Tour la sigue diligentemente.

También hay estatuas humanas, un King Kong y un Spiderman que hacen el tonto, unas estructuras con trajes de flamenca y de torero para que te hagas una foto 100% típical spanish e inmigrantes que venden palos selfie, bolsos, etc.

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Llama mi atención la actitud vigilante de estos últimos ante la segura llegada de la policía. Curioso juego del gato y el ratón que seguramente se traen a diario. Efectivamente la policía no tarda en llegar y todos desaparecen durante unos minutos.

Todo esto me lleva a pensar en que si cambiase el telón del fondo que forman la Casa de la Panadería, las farolas fernandinas y la estatua ecuestre de Felipe III podría estar perfectamente en París, Venecia o Londres, el libreto apenas sufriría cambios y todos los personajes podrían seguir actuando en la obra de teatro.

Mi búsqueda de elementos característicos de Madrid

Continúo sentado y pienso en mi abuela. Trabajó en una tienda de ropa al principio de la calle Gerona. Se llamaba Los Leones y cerró a finales de los años 70. Poco a poco estos negocios tradicionales han ido dejando paso a bares, tiendas de souvenirs o productos que consuman los turistas.

Decido ver que queda de esos negocios rodeando toda la plaza por dentro de los soportales. El lugar donde estaba la tienda de la abuela, ahora hay un restaurante. También encuentro dos tiendas de sombreros y una tienda de losas de porcelana que parece se han adaptado bien a los nuevos tiempos. Por último veo dos heroicas tiendas de filatelia y una juguetería que lo tienen más difícil.

Conchita, dependienta de la juguetería me cuenta que es muy difícil resistir y que el comercio tradicional está totalmente dejado a su suerte. Su abuelo abrió la Juguetería Arribas en 1919 y ella representa a la tercera generación de la familia en el negocio.

Se ha visto obligada a vender algún souvenir pero se niega a transformar su negocio como han hecho las otras 6 jugueterías que había en la zona. Recuerda con nostalgia las largas colas en la noche de reyes y como ese día cerraban pasadas las 12 de la noche. Muy pocos madrileños se acercan a su tienda y sus ventas ahora se focalizan en los turistas.

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Juan Arribas abuelo de Conchita delante de su juguetería

Salgo de la tienda con el objetivo claro de buscar madrileños por la plaza. No parece haber muchos… Identifico a un jubilado que sale de una de las tiendas de filatelia y a un grupo de niños que están jugando en un corro. También parece que hay madrileños que la cruzan de lado a lado pero un 95% de las personas parecen turistas.

El mundo en el que vivimos tiende a homogeneizarse a pasos agigantados y descaracteriza enormemente el centro de las ciudades. Este es un problema que se debe abordar desde las administraciones públicas. El turismo es una gran fuente de ingresos pero en muchos casos está terminando con la propia identidad de las ciudades y haciendo que los residentes huyan de determinadas zonas orientadas a los turistas.

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Para contestar a la pregunta inicial a la Plaza Mayor si le quedan varios elementos característicos de Madrid. Felipe III, la Casa de la Panadería, las farolas fernandinas y esas pocas tiendas. Ah… Y los bocatas de calamares.

Por cierto, ¿Seguirán juntos Ali y Javi o estarán deseando que el ayuntamiento decida retirar los candados?

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Contrastes de cuatro siglos

Se dice que los comercios cuentan el paso del tiempo: son testigos silenciosa de todo lo que acontece tras los cristales de los escaparates. Los embates de la vida moderna va borrando la memoria. El fin de los alquileres de renta antigua ha hecho desaparecer de los soportales de la Plaza Mayor de Madrid muchas de las tiendas centenarias para dar paso a grandes cadenas de hostelería y tiendas de souvenirs.

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Entrar en las sombrererías o en las tiendas de filatelia y numismática de esta plaza porticada es sumergirse en el pasado, zambullirse de cabeza en el siglo XIX. En Boinas Elósegui, abierta en 1858, detentan con orgullo el título de comercio más antiguo de la plaza. Tras cuatro generaciones, las inmaculadas cajas de cartón blanco guardan sombreros, boinas y monteras que esperan una cabeza en la que salir a pasear por Madrid.

La Plaza Mayor es historia viva de España, un rectángulo rojo y gris en el que se encuentran guiris y abuelos chulapos de boina calada. “Excuse me, where is Puerta del Sol?”, pero “no sé qué me dices, muchacho”.

Camareros de chaqueta blanca impecable se afanan hoy en barrer los encharcados adoquines, Madrid ha amanecido lluvioso pero hay faena: los turistas que visitan la capital de España no se amilanan por el frío ni por el agua, las terrazas esperan a los clientes, los camareros los llaman casi a voz en grito.

El corazón de Madrid late en esta plaza que ha cumplido 400 años con la cara recién lavada y una vida bulliciosa en la que sus casi 400 balcones -377 para ser exactos- han visto cómo las corridas de toros, las celebraciones de la Corte y los autos de fe han dado paso a los hombres disfrazados de Superman, los pintores callejeros y los selfies.

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Es un lugar de contrastes. Las cuevas de Luis Candelas, restaurante y escondrijo de bandoleros, miran hoy a los ojos a una trattoria italiana. La globalización se hace palpable en el Arco de Cuchilleros, la puerta de entrada más emblemática de esta plaza. Este es el lugar donde don Benito Pérez Galdós dio casa a su Fortunata y donde nació el espíritu revolucionario de esta ciudad un dos de mayo de 1808.

Nueve puertas más dan entrada y salida al trasiego de almas que cruza cada día –y cada noche, con pasos más trastabillados- la Plaza Mayor. Diez maneras de entrar a esos adoquines eternos sobre los que se ha vertido sangre de toros e infieles, cenizas de varios incendios, boñigas de caballos como el de Felipe III, orines de borrachos y el aceite de miles de bocadillos de calamares.

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No se vaya probarlos, ni deje de tomarse un vermú castizo. Ya no hay barquilleros ni violeteras en la plaza, pero al bajar por la calle Zaragoza puede encontrar pastelerías – y mantequerías de las de antes- para despedirse con un buen sabor de boca de cuatro siglos de historia.

Julia López

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La Plaza Mayor es un barrio

Cayetana Guijarro

Atravesamos el arco de la calle del  7 de julio y ahí está la plaza a la que uno, siendo de Madrid, entra con los ojos de un turista resignado.  Una plaza de muchos y de nadie. O no. Los turistas, madrileños y de fuera,  paseamos por los soportales. Es invierno y el frío nos molesta. Sellos y monedas; flamencas y castañuelas. Pero aquí tiene que haber algo más. Conchita, desde su tienda, nos observa sin churros ni calamares. Pero si entre tabas y canicas. Muñecas y triciclos de madera. Y Teófilo, entre canotiers, boinas y calañeses. O Cristine, que como cada mañana, desde hace 40 años, baja de su 2º derecha del nº 2 de la plaza, a pasear a su perrito.

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Hoy, Conchita y su hermana luchan por mantener en pie el negocio que un día su abuelo, en el año 1919 abrió en el 19 de la Plaza Mayor. Una juguetería de las de siempre que no entiende ni de botones ni de wifi. A la que abuelos y padres acuden nostálgicos. Y a la que los nietos de Cristine suplican por ir: “Vamos a la tienda. Vamos a la tienda”. En dos años, colocarán su plaquita de Mingote: este es un negocio centenario, señores.

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En la plaza, su plaza, todos se conocen. Han jugado desde que eran niños. Han visto como dejaban de pasar los coches. O como la plaza ya no es de color albero, sino roja.

Cristine, lleva 40 años viviendo en aquella plaza, su barrio de casualidad. En una casa de altos techos y 7 balcones que comenzó compartiendo con 5 amigos y en la que terminó viviendo junto a su marido y sus hijas. Su hogar.

Cristine, por su barrio, fundó una asociación contra el ruido. Ha visto como las mafias rumanas se instalaban en la plaza tocando sus acordeones. La misma canción cada día, insufrible.  O como se representaba una misma obra de teatro cada tarde durante meses. Pero también cada mañana abre sus ventanas con vistas a la plaza de su barrio. Divertida, siempre pasa algo. Pasea y toma cañas con sus amigos, aquellos con los que un día compartió su piso y que allí siguen viviendo.  Pero no en un bar cualquiera, en el de Pepe que se niega a vender bocadillos de calamares, faltaría más.

Teófilo, forma parte de la 4º generación de la tienda “La favorita”: una tienda de sombreros inaugurada nada más y nada menos que por su bisabuelo hace ya más de cien años. Y de ese grupo de amigos, comerciantes y vecinos. Una tienda que aguanta y en la que nada ha cambiado. Cajas llenas de sombreros llenan las paredes y el suelo.

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Como todas sus mañanas un hombre buscaba la suerte rascando boletos apoyado en la pared de los portalones. Cada mañana de labor sin faltar a su cita, compra su ventura unas calles más abajo para “gastarla” después del primer café. Toda una vida tanteando la suerte en ese mismo lugar, como una costumbre que se hizo rutina. Siempre arropado por todas esas paredes de piedra en las cuales suele reposar su poca fortuna, porque él siempre ha sabido que no son unas paredes cualquiera. Son unas paredes que acogen a todas aquellas almas, que con más o menos suerte; cruzan sus grandes arcos para dejarse silenciar en el bullicio de la plaza.  Todas aquellas piedras impasibles tan perfectamente encuadradas son el testigo mudo de la vida y la historia de Madrid. Como le sucede al “hombre de la suerte”, todos aquellos que se adentran en sus portalones a diario, van dejando retazos de su propia historia, mientras ellos también toman prestados recuerdos de toda la energía que desprende la plaza.

Para la Plaza Mayor todos sus visitantes asiduos o no; son su energía vital. Todas esas almas son sus miles de terminaciones nerviosas que campan libres por sus baldosines entre restos de agua de lluvia y la convierten en una plaza de verdad. Y poco a poco cada día se deja inundar por todas las calles que como  afluentes de una ciudad siempre en movimiento van a  desembocar allí. A veces incluso, al borde del desborde, parece expandirse un poco más, para poder acogerlos a todos.

Y así es como la plaza se encuentra llena, llena de vida plena; la vida que le otorgan sus terrazas entre cañas y cafés; con la energía que le dan sus artistas callejeros siempre al rítmico compás de la ciudad, la insistencia de sus vendedores ambulantes y las muchas lenguas de su gente que se entremezclan con un bullicio que parece casi infinito.  Todas y cada una de las pisadas que se dejan enmarcar por su estoica presencia van dejando algo que la Plaza se guarda para ella. Historias intangibles que se van quedando grabadas en las piedras, en sus ventanales y sus incontables baldosines.

Y toda esta vida va bailando bajo la mirada de un eterno Felipe II que vigilante permanece firme mientras la lluvia va mojando todo, incluida la suerte de algunos.

 

El hombre de la suerte

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No hay crisis

Angel González
HelloGelo.com

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Con las manos de quien se ha buscado la vida en los más diversos trabajos, Alí me señala a la gente que deambula y pasea en frente y me dice: “no hay crisis”.

La noche anterior estuve allí. Hacía frío y bajo los soportales de la Plaza Mayor de Madrid se cobijaban numerosas personas intentando pasar la noche parapetados entre cartones.

En unas pocas horas allí no quedaba ni el más mínimo rastro. Solo Alí, con sus pocos enseres, hacía de testigo de lo que había podido ver.

Me siento a su lado. Entre el olor a friegasuelos y el de los primeros calamares que tocan la freidora, me cuenta cómo llegó a España en los años 80 mientras vemos como la plaza se va convirtiendo en un hervidero.

Este es uno de los puntos neurálgicos del Madrid turístico. Una plaza en su cuadrigentésimo cumpleaños intenta no perder su esencia.

En un rincón poco visible, justo detrás de un extintor, hay una placa que Luis me señala después de ponerme un café y reza: “Casa fundada en 1976”. Aquí, un desayuno con café, zumo de naranja natural y tostadas con aceite y tomate es más barato que en un bar a las afueras de A Coruña.

Luis me cuenta cómo los antiguos comercios afincados en la plaza van dejando paso, cada vez más, a bares y restaurantes aunque, también me dice, que aún quedan negocios de toda la vida y me invita a visitar Casa Yustas, justo en frente.

Se trata de una sombrerería con solera que intenta adaptarse a los tiempos actuales. Me intriga qué tipo de gente se compra una boina hoy en día. Hay un público argentino, bastante numeroso, que suele ir a comprar boinas vascas amén, dice Virginia, de la propia clientela nacional y local.

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Me pierdo en los múltiples escaparates de las tiendas de filatelia y numismática y reconozco, sin mucho esfuerzo, algunas de las monedas con las que me familiaricé en mi infancia. De pequeño coleccionaba monedas antiguas con mi padre. Sin duda, este es un lugar que me evoca recuerdos de aquella época.

Crisis es no poder ver a tus hijos, me dice Alí perdiendo su mirada entre la gente. Este español original de Rabat me cuenta cómo, a raíz de trabajar en la pesca de la sardina, conoció, en Galicia, a la que sería su mujer.

Decido acompañar a Alí a tomar un café. Aún diciéndole que yo invitaba, se decide a enseñarme un lugar con café más barato de lo que prometía Zapatero. El café en la plaza le parece caro.

A unos escasos cinco minutos llegamos a un pequeño bar donde, efectivamente, el café costaba 70 céntimos. Desde allí me cuenta cómo pasa la noche junto a la oficina de turismo. La plaza es tranquila de noche y no suelen tener mucho problema. Hablando de lo humano y lo divino empieza a sonreir.

Desahuciado por un banco y un cúmulo de circunstancias desfavorables le han llevado a vivir en la calle esperando el momento y la oportunidad de poder levantarse y seguir.

Había llegado a la Plaza Mayor con intención de descubrir el origen del bocadillo de calamares y me di de bruces con la vida.

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