UNA PLAZA LLENA DE SENSACIONES

Autor: Cinthia Valencia

IMG_2264                                                        Plaza Mayor, Madrid España.

Una vez más la volví a ver, esta vez estaba vistiéndose el lugar de fiesta, alegría y expectativas. Por alguna razón me llamó la atención la Plaza Mayor, pero no me impresionó. Hasta que lo encontré a él, lo había pillado con un libreto, con esos de los que encuentras en la zona de información de cada sector turístico con letra (i). Muy ansioso por saber el próximo evento del lugar, me le acerqué y le sonreí. Para mi suerte era un madrileño, uno muy simpático, y nada más encantador que conversar con alguien de la misma ciudad.

IMG_2273                                                  Pepe Sánchez, madrileño. 87 años

Algo de lo que me gusta viajar es conversar con su gente local y que me expliquen a fondo de su ciudad o barrio, como lo dicen aquí, que me recomienden lo que se debe hacer y lo que no.

Me le acerqué, incluso me atreví a preguntarle qué opina de los turistas, temerosa por su respuesta él me contestó con unos ojos de preocupación como si realmente algún momento pudiera pasar eso, pero de una forma muy amigable me contestó: “Madrid quedaría muy triste sin turistas, ellos siempre te dejan algo de ellos en ti”, y es así como comenzó mi charla.

Él pasea todos los fines de semana por Puerta de Sol y Plaza Mayor, afirma que siempre hay eventos en estos lugares, y que cada vez hacen nuevas y diferentes actividades, esta vez tocaba la “Fiesta Barroca en el Madrid de los Austrias”, con Dioses paganos y santos cristianos, a ellos también se sumaban los jinetes ceremoniales, pájaros de arcimboldo, columnas celestiales y un sin número de carros, cada uno con una tématica diferente. Su emoción era inevitable, daba alegría de verlo y quedarse a ver el festivo a las 18h30 como él lo planeaba.

Encorni Anton, 36 años.

Pero eso no fue para Encorni Anton, ella al visitar Madrid cuenta que pasa por Plaza Mayor para sentarse a observar y que le lleguen específicamente los rayos del sol a su cuerpo. Además comenta entre risas y encanto que siempre ve algo nuevo al llegar a este lugar, esta vez ella descubrió candados en los monumentos, algo nuevo para la chica del Sur de España. A Encorni le gusta sentarse a imaginar cómo fue el pasado, no le interesan los eventos, le gusta entender la historia, re- conectar el pasado con el presente y ver las grandes puertas de la Plaza, imaginándose a los reyes pasar por ahí, entender que en la plaza hubieron muertos, colgados en su centro, triunfos y pérdidas dolorosas para varias familias.

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Sin duda, para cada espectador siempre será diferente, conversar con cada persona de la Plaza es el verdadero conocimiento que te deja este lugar, que en su momento llegó a ser historia de Reyes y de triunfos, y que ahora se ha convertido en el escenario ideal de fiestas, alegrías, y diversión.  Cada uno cada lugar lo aprecia de una manera diferente, lo importante es detenerse a observar y apreciar el lugar, las conclusiones y lo demás lo sacará cada turista que lo visita.

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No solo los turistas ocupan la Plaza Mayor de Madrid. MINUTEROS

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Diariamente no solo los cientos de turistas llegados de todas partes del mundo ocupan la plaza Mayor de la Villa de Madrid.

Hay otros personajes deambulando por su empedrado que dan color y animación al paisaje urbano, y buscan con sus talentos , más o menos agraciados ganarse la vida .

Abdul de Rabat, lanza bombas de jabon a los niños, Constantin el rumano les baila debajo de un extrafalario traje de cabra tradicional de su país, el hombre sin cabeza, Charlot , spiderman y hasta un  sioux americano se fotografían contigo por unas monedas.

Pero hoy, quien atrae mi curiosidad son las fotos vintage que  unos minuteros hacen en un  lateral de la plaza, asi que me acerco a los fotógrafos ambulantes .

Quiero una les digo , están terminando con una familia. Me dicen que me tienen que maquear. Empiezo a hablar con la chica, se llama Eva y me cuenta que es “gata” y fotografa, hace cuatro años se quedó sin trabajo como su compañero Hector , de Barcelona, que también ha sido pintor callejero.

Mientras me prepara Eva para mi retrato, Hector comenta que empezaron en el retiro y después fueron al rastro de San Millan , donde han estado hasta que una “loca” instalo una tienda de fotografía donde ellos trabajaban “ no le gustaba la competencia y llamaba cada día a la policía”

Me explica Eva, que en España , hay entre 20 y 30 minuteros , pero que como hay un vacío legal respecto a su regulación , la administración no sabe cómo encajar las licencias y por eso no las tienen lo que lógicamente les ocasiona problemas.

Me siento en una silla ya preparada, me dejo pintar los labios de rojo, convencida por el comentario de Eva, de que es “lo que mejor queda”.

Hector utiliza una voluminosa cámara de madera, con un cajón en su interior que contiene un laboratorio portátil. Me retrata sentada en la plaza y, tras un pequeño ritual, me entrega la foto revelada, fijada y lavada.

Me dan instrucciones para mañana, la tendré que mojar otra vez.

Esta preciosa, ¿el precio? , la voluntad.

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El mejor bocata de calamares (del mundo)

dsc01394.jpg“Buen día”, me dice con una sonrisa. Aunque el principal camarero de Casa Rúa, local castizo, lleva 30 años en España no ha perdido su saludo latino. “Ponme un bocata de calamares. Y una caña”. Me siento en la barra.

Me cuenta que sólo lleva 7 meses trabajando allí y que es impredecible saber cuándo va a venir la gente porque a ratos están casi vacíos y ratos los autobuses de turistas hacen que tengan que trabajar a toda máquina poniendo tortillas de patatas y bocadillos. Por supuesto, el triunfador es el de calamares, tan típico de Madrid.

Casa Rúa está en la calle Ciudad Rodrigo, una de las que llegan hasta la plaza Mayor. Siempre me han gustado más sus callejuelas que la propia plaza. Algunas de estas calles, casi callejones, a veces huelen a pis. Y es que los indigentes se acercan a dormir por allí, a ver si cae alguna moneda de los turistas.

Los turistas en realidad son los verdaderos pobladores de esta plaza: familias con niños, despedidas de solteros de y muchos buscando el selfie perfecto.  Anna y John, por ejemplo, que vienen de Melbourne y han caído aquí porque se lo han dicho en el hotel y porque sale en las fotos de las revistas; pero no saben nada de su historia, ni de lo típico, ni de nada.

No se enteran de que lo curioso que resulta que el concierto que hay hoy bajo la estatua de Felipe III sea de la banda de la Policía Municipal. La banda toca algunos clásicos madrileños y pocos los reconocen. También algún pasodoble y sé quiénes son españoles porque, aunque nadie se arranca a bailarlo, somos varios los que movemos las caderas de lado a lado.

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Sin embargo, los australianos escuchan con interés mis historias de cómo vengo con mi familia a la plaza Mayor cada navidad para ver los puestos de figuritas para el belén. Y es que de vez en cuando la plaza se viste fiesta: conciertos, concentraciones, teatro, zarzuela y otras muchas actividades que es absurdo enumerar pues van cambiando cada semana.

Y así ha debido ser durando los últimos 400 años, que es precisamente cuando se inauguró. Desde entonces, explico a los australianos, ha habido mercados, ejecuciones públicas y hasta corridas de toros. Sí, sí, corridas de toros entre edificios.

Al contar todo esto a los extranjeros me doy cuenta de que la Plaza Mayor tiene muchos lugares interesantes que quizá, por local, no he sabido ver. Entre las tiendas de souvenirs hay negocios que mantienen su solera y venden sombreros, paraguas y abanicos. Da pena pensar que dentro de poco serán probablemente otra tienda de souvenirs.

Suenan de pronto pitos de juguetes que los vendedores callejeros se empeñan en que compres. ¿De verdad eso es buen negocio? Aparte de incómodos, interrumpen a la banda de la policía, que ahora está tocando bandas sonoras y otras canciones más conocidas para que el público no se les aburra.

Las terrazas que están al sol están llenas. Aunque es pronto por la mañana todas las mesas están llenas de cervezas y de sangrías. En algunas mesas hay ya hasta alguna paella.DSC01391

Oigo el crepitar de los calamares en la freidora, me los están haciendo en el momento. De vez en cuando piden bocadillos para llevar y un habitual, que también nos acompaña en la barra, pide un bocata de panceta.

Me cobran 2,85€ más la caña. Y es que cuando llegues Madrid (chulona mía) no voy a poder hacerte emperatriz de Lavapiés, pero sí puedo invitarte a un auténtico, crujiente y grasiento, y por tanto delicioso, bocata de calamares.

Texto y fotos: María Mearin (Mery in the World)

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Un Chino en una chocolatería

Manuel Ángel Delgado García

 

Este mañana, un chaval imberbe con rasgos asiáticos se me acerca y, sin mediar palabra, me pone por delante su teléfono en cuya generosa pantalla aparece un entramado de calles y un globo rojo pinchado sobre un nombre que dice: “Chocolatería de San Ginés”. Le miro intentando ubicarme yo también, y él, a su vez, con la cara inclinada, me devuelve un semblante vacío y expectante, plano, neutro, y más bien pálido. Sus ojos oscuros, oblicuos y rasgados me observan esperando una indicación, un gesto que le indique, obviamente, el camino que le lleve a ese lugar a pesar de que es la una de la tarde.

No consigo ubicarme yo tampoco.

Y es que aunque estoy en la Plaza Mayor de Madrid bien pudiera estar -salvando las distancias lógicas- en cualquier otra plaza de cualquier centro histórico de cualquier capital de provincia de esta piel de toro. Una piel de toro cuyos centros históricos se han convertido, como el resto de Europa, en un parque temático, en un Disneyland-París de cartón piedra en el que solo se actúa pero donde es imposible vivir.

Miro hacia arriba, y un cielo, el de hoy en Madrid, nada Velazqueño, pero de un azul intenso sin nubes, está enmarcado por los cuatro lados de un cuadrado e indiferente se prepara para asistir, una vez más y desde hace siglos, al teatro de la vida.

A los lados de esta plaza y bajo los soportales, una decena de negocios de sombreros, filatelias, tiendas donde adquirir desde un suvenir hasta una mantilla, desde una panoplia de armas a un traje de torero o de flamenca. Y bares; muchos bares. Y restaurantes. Por no faltar no falta uno que se llama “La torre del Oro” y a modo de reclamo publicitario apostilla “bar andalú”. Todo vale.

El centro de la plaza lo comparten las mesas y sillas de los restaurantes con fotógrafos, pintores retratistas, un Mickey mouse, personajes disfrazados de indios o almirantes descabezados y uniformados de blanco que, al cederles el paso a dos señoras ancianas, éstas no han podido reprimir dar un respingo, como si se les hubiera aparecido un fantasma de tiempos pasados.

Los huecos libres los ocupa la gente; figurantes ociosos en una soleada mañana de Sábado. Peces que entran a borbotones en una gran pecera y después se desparraman por las calles aledañas.

Pues bien, pienso. Ya está montado el entramado, el escenario, todos los figurantes dispuestos con el mejor de los atrezos; todo dispuesto para que dé comienzo la función.

Y entonces, yo imagino que en cualquier momento caerá del cielo una gran red de una hectárea de superficie capaz de abarcar toda la Plaza Mayor de Madrid y que atrape a esa multitud. Y es que al igual que el hombre dejó de ser cazador para hacerse agricultor, ahora en pleno siglo XXI retoma otra vez la caza, pero esta vez del hombre sobre el hombre, para venderle de todo a ese banco de peces (de ciudad).

“Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender” como diría Ortega y Gasset quizás de su Madrid y muy seguramente de España.

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Cómo suenan cuatrocientos años

Por Dani Domínguez

La temperatura dice que es primavera. Sin embargo, el calendario habla del otoño. El sol se refleja en una enorme pompa de jabón mientras un grupo de japoneses la mira a través de la lente de su cámara de fotos. Treinta y tres escalones para pisar la vida de Luís Candelas, el bandolero. En ese momento, la Plaza Mayor de Madrid te abraza a través de uno de sus arcos. Te achucha y te canta al oído.

Una charanga le pone la banda sonora a la mañana mientras aparecen los primeros manteros. La terrazas de los restaurantes que están en la zona de sol están repletas; las de la sombra, completamente vacías. No se escucha una sola palabra de español en ellas. Puedo pedir un café en varios idiomas diferentes.

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Los balcones están repletos de banderas rojigualdas. Felipe III, impasible montado en su caballo, observa una tricolor. Ahora comienza a sonar Hijo de la luna. “Esa la conozco”, escucho detrás de mí. Se suceden varias canciones de los años 80 y el ambiente adquiere tintes festivos. Loli y Maribel mueven los labios y llevan el ritmo con el pie, pero no se atreven a bailar como ya otros han hecho. “Es que nos da vergüenza”, se defienden. Me despido y me gritan en la distancia: “¡Somos de Madrid, ponlo ahí!” Y es que a veces parece extraño encontrar a algún madrileño en Madrid.

En las farolas descansan candados que duermen unos encima de otros. Carlos y Bárbara dejaron uno con una fecha: 22 de noviembre de 2013. Mientras el sol avanza en su escalada, como si de un efecto cinematográfico se tratase, comienzan a brotar personas en las mesas otrora en la sombra. Ese Mickey Mouse con acento latinoamericano agradece al cielo la llegada de los primeros niños.

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La banda elige We are the world ahora. La Policía entra la Plaza y los manteros recogen sus cosas. “¿Dónde está Atocha?”, me preguntan en inglés. Trato de explicárselo con mi acento de Badajoz a Andreas y Pirjo, dos chipriotas de mediana edad que dicen que pueden sentir los 400 años de historia al pisar sus adoquines. “La atmósfera y los colores me relajan”, comenta Pirjo mientras observa uno de esos edificios rojos.

Cuando la charanga termina su concierto, la Plaza enmudece y casi se puede escuchar el movimiento del agua de la antigua Laguna de Luján; o los gritos de los reos ejecutados durante la Inquisición. El silencio permite que los primeros olores a comida lleguen a mi nariz. Sin embargo, es solo cuestión de tiempo que vuelva a aparecer el ruido. Uno, dos, tres, cuatro idiomas a mi alrededor.

Tanto turista y tan poco gato sin cascabel.

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Vida en ebullición y café con leche

Aquí, mientras no pasa nada, no dejan de suceder cosas. Hay lugares en los que se concentra mucha vida, y este es uno de ellos. Uno de esos espacios en los que se congregan multitudes de forma desordenada, pero no anárquica. Hasta ahora no había sido consciente de ello. En ocasiones pasa que has visto cien veces el mismo sitio y, sin embargo, no te has parado a mirarlo.

Esta plaza de Madrid puede parecer un montaje, un decorado cinematográfico. Es un espectáculo para turistas. Pero a la vez tiene algo de real, una esencia propia. Detrás de este olor a alcantarillado y frito, del agobio que puede provocar la gran masa humana que deambula por la plaza, hay algo más. Un encanto oculto. Una mezcla imperfecta que resulta simpática.

Son las doce de la mañana y, a pesar de ser octubre, se respira un clima primaveral. El sol no deja indiferente al piel roja, uno de los personajes locales, que traslada su chiringiuto a la sombra para seguir con su jornada como animador callejero. Sus compañeros no parecen tener tanta sensibilidad a los rayos ultravioletas. Quien quiera que se esconda bajo el disfraz de Mickey Mouse debería tener un calor de locos. Puede que también sea el caso del marine sin  cabeza.  Aquí cada uno va a su bola y, aunque parece contradictorio, se crea un caos harmónico.

Dos hombres utilizan agua, jabón y cuerda para crear ilusión a cambio de dinero. Cuando un italiano termina de sacarse un selfie, dos japonesas ya han empezado el suyo. Vendedores ambulantes preparan su huida mientras observan a lo lejos a dos policías montados a caballo. Suena una trompeta. Llora una niña que parece estar enfadada con su abuela. Una pareja de británicos contempla los candados de los bancos donde otros se han jurado amor eterno.

La actualidad está presente en las fachadas. Cuelgan de ellas 19 banderas de España. Los tejados también hablan o instan a hacerlo. Uno tiene la bandera republicana y otro lanza un mensaje: “Parlem”. Un hombre con la cara pintada de Charles Chaplin le cuenta a dos sudamericanas que “aquí no hay trabajo”.

Un chino arrastra a su hija sentada sobre una maleta de ruedas. Dos turistas se besan apasionadamente. Y un joven en bicicleta escucha reggeaton a todo trapo mientras atraviesa el lugar. En esta plaza se pueden encontrar infinitos platos de comida en forma de fotografía plastificada, tiendas de sellos y monedas, de souvenirs y de cerámicas, una joyería e incluso dos antiguas tiendas de sombreros (donde se puede adquirir desde una gorra por 5,50 euros hasta una pamela por 192 euros).

Retratistas y fotógrafos vintage trabajan tranquilamente. Otros piden dinero a través de mensajes escritos en cartones. “¡Viva la novia!”- gritan al unísono un grupo  de jóvenes vestidas de fucsia. Este cóctel de personas y situaciones es un disparate.  Las terrazas no están llenas ni vacías y, mientras unos saborean calamares y paella, otros todavía desayunan.

Plaza Mayor es vida en ebullición. Tal vez eso mismo esté pensando el joven que contempla la escena desde el balcón mientras se toma un café en calzoncillos.  Este es el verdadero concepto de  “a relaxing  cup of café con leche”, pienso yo desde abajo.

 

 

Irene Canalís

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