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EN LA PLAZA DE MAYOR

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Angustiado el abuelo no deja de llamar a su nieto que se ha perdido: “Chencho, pequeño, ven aquí”. Es Pepe Isbert  en “La gran familia”.

Escarbo en la memoria y creo que este es el primer recuerdo que tengo de la Plaza Mayor, es más, nunca me he detenido a recrearme en ella, como creo que le sucede a muchas otras personas que viven en esta ciudad. La cruzamos sin más, como siempre ha estado ahí…

¿Por qué no?, me voy hoy mismo con mi ataque de nostalgia a sumergirme en la Plaza, ahora que soy mayor y se han desdibujado tantos matices. Si, voy a buscar a Chencho, al menos intentaré rescatar su espíritu.

Instintivamente me dirijo a los adoquines donde el abuelo arrastraba los pies y también su peculiar voz. Intento encontrar alguna señal de aquellos tiempos, pero aunque siguen los mismos adoquines desgastados y brillantes, los mismos soportales, e incluso las mismas contraventanas, no consigo identificar nada,  hace ya muchas lunas de aquello.

Donde antes estaba el señor que vendía los barquillos, ahora está una especie de Batman con un poco de sobrepeso. La señora que vende las castañas, no está, bueno, pensándolo bien, es verano y no época de castañas, pero en el lugar donde solía estar, hay un Chewuaka algo desorientado con un traje  indigno, que no es para el verano justamente.

También compruebo que los paisanos han perdido terreno frente a una multitud de turistas, que van armados con un palo que termina en móvil, eso sí, no atacan ni intentan agredir, tan sólo se miran en él. Incluso alguno de ellos asegura estar en la mismísima Puerta del Sol, no debe ser bueno ese palo.

Por favor, La Plaza Mayor se merece un respeto. Sin exagerar y sin temor a caer en un patriotismo casposo, puedo asegurar, ya que estoy muy viajado, que esta es una de las plazas más bonitas de todo el mundo, a lo que hay que añadir que posee un “alma” especial.

Discretamente  me refugio en uno de los muchos bares-restaurantes de los alrededores, para comer el típico bocadillo de calamares, estoy seguro que el olor me tele transportará a tiempos en blanco y negro. Las malas lenguas dicen que no son calamares, da igual.  Me hubiera gustado escuchar que el precio son 50 pesetas, pero una voz con acento poco castizo, dice que son 4 euros. ¿Se habrá enterado Chencho que ya no hay pesetas?Captura 2Captura 1

No me quedo triste, ni pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero aquella plaza que recordaba de niño ha cambiado, los actores son otros. Ya nadie se pierde, al menos durante mucho tiempo.

Tras unas horas algo desubicado, cierro los ojos y me doy cuenta que Chencho debe tener mi edad, igual soy yo pero no me acuerdo, hace tanto tiempo… Creo que buscaré al abuelo, debe estar preocupado.

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Cómo no morir dentro de un horno

Pedro Pérez Perea

Un joven bajo un paraguas se encuentra en mitad de la Plaza Mayor de Madrid un 23 de junio a las once y media de la mañana, acompañando a la estatua de Don Felipe III. No, no está loco… o tal vez sí. Está comenzando su jornada laboral como guía turístico, aquello de lo que se nutren miles de personas en este emplazamiento que se asemeja mucho a un horno descomunal. La Plaza Mayor está para el turismo… y para morir de calor.

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Don Felipe mandó construir todo el lugar e Isabel II pidió imponer en el centro la descomunal estatua del Rey sobre su caballo, y a partir de ese momento, todo ha sido una evolución constante hasta nuestros días. Todo parece estar colocado al milímetro; cada una de las personas que por allí circulan parecen tener un propósito específico.

Restaurantes con toda la oferta imaginable que aun así, parecen atraer más por su fachada, sus carteles y su estilo propio. Artistas y vendedores callejeros que saben cuál es su lugar en tan inmensa plaza y que buscan la atención de todo aquel que pasa. Tiendas repletas de recuerdos. Hay incluso una boda que llama a la curiosidad de todo el que pasa por allí. Todos trabajan por su cuenta y sin embargo tienen un enemigo común: el calor.

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Todo gira alrededor de las más que altas temperaturas; un calor seco conocido por los habituales del lugar y que ya saben cómo adaptarse a él. Sin embargo, es fascinante ver como varios grupos de personas parecen ser hipnotizados por el enorme rectángulo de fuego que se origina llegado el mediodía; mosquitos atraídos por una luz que los acabará matando. No pueden ser otros que los turistas, los extraños del lugar. Fotos a la restaurada fachada de la Casa de la Panadería, vídeos panorámicos de los balcones que componen los edificios de la plaza… todo bajo un sol abrasador.

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Parece una locura sobre todo a ojos de un veterano de este clima, que prefiere huir de semejante bochorno y sentarse a disfrutar de la leve brisa que corre en los accesos a la plaza más oscuros, como el Arco de Cuchilleros (o Escalerilla de Piedra), un pasadizo que invita a la relajación y al descanso lejos de tanto idioma desconocido.

Otro lugar para escabullirse de la tormenta solar es la calle del 7 de julio, custodiada por dos ángeles y un mensaje: “A los héroes del 7 de julio de 1822″. Invita a bucear en la historia, a imaginarse a la Guardia Real amotinada y a Fernando VII conspirando. También está la calle de Toledo, aquel antiguo inicio hasta dicha provincia, que ahora es la principal vía de acceso a la Plaza Mayor, pero que sigue resguardando de los penetrantes rayos del Sol.

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Parece increíble que, con la cantidad de pequeños lugares, esquinas, cristaleras e incluso grafitis en las paredes, haya grupos de locos que prefieren perecer junto a la estatua en el centro de la plaza, donde parece arder una llama gigantesca. Ni siquiera el caballo quiere estar ahí.

Es verdad, la Plaza Mayor de Madrid está para el turismo, y parece algo irremediable. La actividad que ahí se desarrolla gira entorno a ello, y en realidad esto es una ventaja para nosotros los veteranos, pues podremos recuperar el espacio cuando más apetece estar… de noche.

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Plaza Mayor: de candados a cartones

Laura Cisneros

“You and your family, one flower, y esta tarde, ¡olé!”.

Cuando lo que está en juego es llevarse unos euros al bolsillo y al potencial cliente se le adivinan rasgos orientales bajo el sombrero de paja y las gafas de sol, toda munición es válida, aunque sea tan rudimentaria como la de esta gitana de coleta tirante y delantal azul. Ante la certeza prácticamente total  de que el siguiente objetivo de aquel clavel reventón era una servidora, opté por abandonar mi asiento. Poco después, otras dos mujeres acechaban con ramas de romero a incautos turistas que, si se descuidaban,  pagarían hierba aromática a precio de trufa negra.

La gitana de las flores y sus colegas son algunos de los personajes que pululan y mercadean a diario por la Plaza Mayor de Madrid. De hecho, el comercio ha sido una constante en sus 400 años de historia, además de ser escenario de innumerables eventos y festejos; algunos, como los autos de fe y las ejecuciones,  afortunadamente ya son cosa del pasado.

Hoy en día, este rincón de la capital continúa siendo punto de encuentro para autóctonos y foráneos.  Aquí caben todos y de todo: vendedores ambulantes de quincallas varias junto a comercios de toda la vida;  imanes kitch  para la nevera a escasos metros de elegantes sombreros de Panamá y boinas Elósegui; o delicados abanicos de madera pintados a mano conviviendo junto a horrendos trajes de torero y vestidos de flamenca, que solo con el roce de su tela podrían generar electricidad para alumbrar dos calles.

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A primera hora de la mañana hay trasiego de camionetas de reparto, carretilleros y un incesante ir y venir de camareros que preparan las terrazas. También se deja ver algún grupo de turistas madrugadores y, ¡oh, cielos!, una mujer sacudiendo las migas del mantel desde un balcón.

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Según avanza la jornada el adoquinado tricolor de la plaza se puebla con artistas de desigual talento. De hecho, de algunos músicos podría decirse que no tocan, sino que perpetran melodías vagamente reconocibles, y que más que amenizar, aterrorizan.

Todos ellos van circulando bajo la mirada impertérrita de Felipe III a lomos de su caballo, que ocupa el espacio central del recinto y últimamente es testigo de honor de los matrimonios que se celebran en la Casa de la Panadería. El edificio, coronado por dos torres y decorado con murales de motivos mitológicos, alberga en sus bajos la concurrida Oficina de Turismo (www.esmadrid.com).

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Quién sabe, tal vez alguna de esas parejas de contrayentes amarró en su día el dichoso candadito con sus nombres a uno de los asientos que está bajo las farolas centrales de la plaza. David y Mónica, Denise y Romeo o Will y Rose se empeñaron en dejar huella  de un amor que tal vez se oxidó mucho antes que los candados.

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A medida que oscurece, nuevos inquilinos van tomando posiciones al amparo de los soportales. Varias decenas de personas sin hogar despliegan a diario cartones con más o menos maña para pasar la noche; si se han podido hacer con la caja de algún electrodoméstico grande, podrán lograr una mínima intimidad al resguardo de miradas curiosas. Esos cubículos, echándole imaginación y poesía,  me recuerdan vagamente a los hoteles cápsula japoneses.

Pero solo es eso, poesía y ganas de obviar la realidad.

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La plaza de los fantasmas

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Alicia González Betancort

Una gorra de marinero flota sobre los hombros de un señor sin cabeza en el centro de la cuidad y a plena luz del día. Para mi decepción, no se trata de Cirilo, el fantasma “oficial” de La Plaza Mayor de Madrid, sino de una atracción turística más; un hombre disfrazado que se gana la vida con el rostro oculto bajo un uniforme estratégicamente largo.

No son pocos los amantes de lo esotérico que se pasean por la zona al caer el alba con la esperanza de sentir la presencia de este espectro que, según cuenta la leyenda, lleva más de tres siglos vagando por los recovecos del cuadrilátero más emblemático de la capital.

Siglos atrás, las ejecuciones en la plaza estaban a la orden del día. Según relatan los guías turísticos con sus respectivos acentos extranjeros, “los que morían en la horca colgaban frente a la panadería, mientras que en la carnicería se decapitaban a los ajusticiados con hacha”. Cirilo —que como se demostró más tarde, fue injustamente condenado— es sin duda el espectro más conocido, hasta tal punto, que los vecinos aseguran que “venir a Madrid y no conseguir verle es como no haber venido”. Para completar la misión, recomiendan deambular de madrugada por la plaza, ya que “los turistas borrachos suponen su mayor entretenimiento”.

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Tras semejantes declaraciones, yo, mujer escéptica donde las haya, echo una mirada a mi alrededor, y no puedo evitar pensar en que lo realmente asombroso es que por aquí deambule tan solo un fantasma. Puede que esta atracción haya perdido su encanto para los “hípsters” que optan por perderse en un afán de volver a encontrarse —eso sí, con escenarios menos manidos como telón de fondo— pero es mucho más que la típica trampa para turistas que podría parecer a simple vista. Cuando cae la noche, el empedrado de la plaza honra el lago que Felipe II mandó a secar para levantar sus cimientos, y en la calma solemne que le confiere la oscuridad, arropa a las gitanas que frotan sus pies hinchados tras otro duro día en que —se lamentan— “la gente no se ha portado bien” con la voluntad.

Quizá, y ya les he dicho que soy escéptica, ese murmullo en la penumbra que los vecinos atribuyen a la presencia sobrenatural de Cirilo sea, en realidad, la propia plaza, que cargada de sucesos históricos y anécdotas, cada noche repasa sus habilidades bilingües; o puede que se trate de las notas de un acordeón nostálgico que un músico ambulante perdió entre sus ladrillos, e incluso, de un último bostezo del sol que quedó rezagado, convirtiéndose en eco sobre su techo descubierto.

Podría serlo todo a la vez. También los fantasmas. Yo ni lo sé ni lo voy a saber nunca. Lo único que tengo claro es que, inevitablemente, las instantáneas que algunos dedicarán a otros lugares —quizá más más escondidos y originales— acabarán cayendo en las profundidades olvidadas de la web donde se marchitan los “megusta”, y dejarán de estar de moda, pero esto jamás le ocurrirá a la Plaza Mayor de Madrid; una visita obligada para cualquiera que se encuentre en la capital.

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¡Esto es vida!

¡Boinas, sí boinas!  En que pensamos cuando vemos una boina; invariablemente en Francia: Belle de Jour, París, el Sena, las Tullerías y esa boina ligeramente ladeada que tanto encanto aporta a sus muchachas …Pues no, o no sólo, ya ven! desde  1886 y en Casa Yustas se venden en una vetusta esquina de la plaza Mayor de Madrid. Si bien es cierto que el negocio de las boinas y otros apéndices para la cabeza ha ido dejando paso a otros estilos y modas a menudo foráneas: la pamela, el sombrero Panamá, el Stetson tejano, la gorra irlandesa de pillo…

Lo cierto es que a mí me trajo a la plaza la compra de una boina para la función escolar de mi hija, pero debido al espantoso calor pase una mañana deliciosa a la sombra de sus soportales  y al amor de las cañas frías, como sólo saben tirarlas en Madrid.

¡Allí estaba toda la vida!

O casi toda, por ser honesto. Ante mi vista desfilaban dos viejas mendigas rumanas discutiendo entre ellas a gritos, tal vez disputándose un lugar en la puerta de acceso a la plaza. Me vinieron  a la cabeza Viridiana y Luis Buñuel: “Tampoco hay compasión en la pobreza”. Ni en la riqueza, a juzgar por el  comentario del camarero a mí lado: “¡si saben que roban y no tienen papeles, ¿porque no las deportan?!” En fin.

Perezosamente apareció más tarde una figura grotesca con todo su atrezzo. Sobre una caja de herramientas rodante, un maduro Spiderman  haciendo gala de una generosa panza, cuyo traje pedía a gritos una tregua. Una vez hubo dejado en el

suelo un muñequito a su semejanza a modo de gancho, se refugió sabiamente a la sombra del arco. Sólo abandonaba su escondite cuando algún turista tomaba una foto del muñeco, entonces saltaba desde su escondrijo con gráciles cabriolas (¡?) y abordaba a su víctima. A lo largo de la mañana desfilarían por allí un guerrero romano (cartaginés?, numantino?), un Miniom, un Chewbacca… A este último lo compadecí, debía estar cocido dentro de su traje.

Con la segunda cerveza mi mirada reparó en los grupos de chicos que pasaban vistiendo camisetas estampadas con motivos alusivos a las bodas. Un grupo de muchachos tocados con gorrillos con la bandera de España, vestían camisetas rojas con la espalda rotulada: “Los amigos del novio”, de allí a un cuarto de hora pasaban las amigas de la novia (quiero suponer): vestidos ligeros, tocadas con una banda al frente, como Misses de pueblo; pasado un rato un grupo de italianos desfilaba con un cartel de peligro estampado al pecho de su camiseta, el texto rezaba: ¡Matrimonio! No quiero pensar lo que ponía el posterior.  Me sacaron de mis reflexiones los gritos exaltados de un grupo de gente unos arcos más allá de donde estaba: ¡vivan los novios! ¡vivaaaaaan! Respondía como una sola persona el resto del grupo; ¡Viva la madrina! Añadía una aguda voz de mujer, ¡vivaaaa! Respondía de nuevo el grupo. ¡Y el padrino! Mediaba un hombre airado,…el resto ya lo conocen. Me pregunté si aquellos cuatro grupos tendrían algo en común.

Una melodía añorada comenzó a sonar entonces a mi alrededor: “Una mattina mi son svegliato, o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!..” Cuando de repente un coro atronador secundo la melodía a mi espalda: “Una mattina mi son svegliato e ho incontrato l’invasor…” Los italianos se habían sentado a mi espalda. Sobresaltado como estaba, no tuve por menos que pedir una tercera caña, con estos rigores el gobierno recomienda hidratarse, y yo soy muy bien mandado. Mientras el rumano acordeonista complacía las peticiones del grupo italiano, reparé en uno de ellos que sigilosamente se separaba del grupo y comenzaba a pegar la hebra con una bella compatriota. Ay, los italianos! la melancolía me trajo a la cabeza a mis compañeras de aquel lejano viaje de estudios a Roma: todas sin excepción llegaron perdidamente enamoradas.

Una tras otra, gentes de todos los lugares del mundo atravesaban la plaza mientras el carillón del reloj daba la una de la tarde. Apurando la cerveza solicité la cuenta y apuré el paso hacía casa Yustas bajo la sombra de las arcadas, entre reclamos de paellas, calamares, callos (¡callos!), carteles flamencos,…¡No podía llegar sin la boina!

Por lo demás la plaza Mayor se ha incendiado varias veces, ha sido mercado en su origen, se han realizado diversas ejecuciones sumarias…etc. Si desean conocer más, asómense sin dudar a Wikipedia, si lo que desean es saber, siéntense cómodamente en una terraza y contemplen la vida pasar.

Antes de abandonar la plaza reparo en la base de una farola de forja repleta de candados. Me temo que el amor se ha puesto otra vez de moda y yo sin haberme enterado.

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Gru en la plaza Mayor

plazaMaría Muriedas

“A las 13.30 en el caballo de la Plaza Mayor, si da mucho el sol en la sombra más cercana” y aunque era yo la citada decidí llevarme a Gru conmigo, pues descubrí hace tiempo que cuando comparto con alguien nuevo los lugares que veo a menudo, consigo volver a admirarlos en vez de verlos y así recuperar mi mirada de niña.

Y es que la mirada de Gru es como su personalidad: curiosa, caprichosa, exagerada…pero vivaz y tierna a la vez. No la importa el pasado, vive el presente. Traté en vano de instruirla cuando íbamos de camino sobre su historia: “vamos una plaza en el corazón del Madrid de los Austrias, construida a finales del s. XV y  desde entonces ha vivido toda clase de festejos, incluso coronaciones beatificaciones….e incendios que han obligado a reconstruirla” pero Gru se aburre si le hablo del pasado, y sólo se calma y me escucha cuando la digo que para mí tiene magia la plaza, y que de camino a casa por las noches muchas veces he desviado mi andar para sentarme bajo la luz de las farolas que la alumbran y descansar mis pensamientos ahí, cuando está casi desierta y sólo unas pocas parejas se hacen arrumacos. Y en esos instantes sí, aun estando sola, siempre volvía a admirar la majestuosidad de la plaza, tenua y bellamente iluminada “Es en la belleza donde despierta la magia, por eso la buscas para meditar” me dice Gru seria.

Y pasamos del yin al yang, porque ahora es mediodía y la plaza está ardiendo y con gente que la atraviesa a paso rápido. Pocos son los valientes que permanecen quietos bajo el sol del verano en Madrid: los que han quedado en el caballo (¿cuántas primeras citas habrá visto a lo largo de los siglos); los vendedores ambulantes que encontramos en cualquier lugar turístico que se precie, a los que aquí se suma la folklórica posibilidad de hacerte la foto con el maniquí vestido de torero o sevillana, algo que me imagino les guste sólo a los turistas extranjeros.

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Pero Gru, que he descubierto que es una romántica empedernida, ni lo ha visto, y me enseña algo que yo no conocía: unos novios saliendo al balcón a besarse para saludar a los amigos, que achicharrándose, les hacen todo tipo de fotos y felicitaciones desde abajo, para luego esperarles y tirarles pétalos. Así, gracias a Gru, descubro que esa es la Casa de la Panadería (la distingues por su fachada coloreada con imágenes mitológicas) y que ha pasado de albergar las panaderías del mercado medieval a la sede de Turismo de Madrid, en su planta baja, y arriba las dependencias municipales con la mayor lista de espera para casarse civilmente en Madrid.

La estatua del caballo donde habíamos quedado, el centro de la plaza, es lo que preocupa ahora a Gru que quiere saber cuánto tiempo lleva ahí parado. La estatua es de Felipe III, tiene cuatro siglos, aunque en la plaza lleva dos, salvo en las Repúblicas que la retiraban y por ello el año pasado se ha declarado Bien de Interés Cultural, para proteger su ubicación.

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Por fin Gru quiere comer algo, así que miro en internet los sitios recomendados y elegimos el “Plaza Mayor 2” para escapar un poco del sol bajo los toldos de las terrazas. El bocadillo cumple su función, pero no es el mejor bocadillo de calamares que se pueda degustar en Madrid. Mientras estamos en la terraza nos acosan varios vendedores, y sobre todo, un cantante desafinado que se autoaplaude con un altavoz enorme en el que suenan canciones del verano.

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Es el momento de irnos, no sin antes echar un ojo a los pintores callejeros que se apostan en la plaza desde hace años, y que bien privilegiados ellos si disfrutan de la sombra.

P.d: como habréis adivinado en las fotos es que Gru es mi mano izquierda, que a partir de una broma con una foto que envié a amigo italiano de la “mossa della Gru” (la famosa Grulla de Karate Kit) empezó a tomar vida propia y hacerse presente en mis fotos. Me la llevaré a más lugares, porque me ayuda a ver desde otra mirada.

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