Destino plaza Mayor

Madrid tiene vida, tiene color y tiene plaza Mayor para rato. No es el sitio más bonito de la capital pero es historia. Ya sea por todo lo que ha vivido sus 129 metros de largo por 94 metros de ancho, como por todo lo que cuenta las personas que la visita, que trabajan allí y que la cruzan a diario.

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Subiendo por la calle Postas, dejando atrás el tumulto de la Puerta de Sol y las tiendas de artículos religiosos –muy típicos de la zona- entras en el antiguo mercado de la ciudad que ahora sólo vende ilusión y sorpresa. Eso refleja los ojos de los turistas que escuchan atentos a los guías. Inquisición, guillotina y cementerio son común denominador de los tours en inglés, francés o español que inundan la plaza todos los días. Pero todos se preguntan: ¿por qué es típico el bocadillo de calamares? Madrid no tiene mar ni pescadores que descarguen sus redes en la lonja pero el bocadillo de calamares se ha convertido en un “símbolo” de la ciudad.

Punto de encuentro. La estatua ecuestre de Felipe III es, sin duda, el lugar favorito con la Casa de la Panadería de fondo. Cámaras, móviles y palos selfies para inmortalizar el día nublado que amenaza con romper a llover de un momento a otro. A pesar de ello, algún valiente se sienta a disfrutar del bullicio en alguna de los restaurantes con terraza que componen la plaza Mayor.

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Sobrevivir a tres incendios dice mucho de un lugar. Tener un Spiderman custodiando una de sus entradas son palabras mayores. Amable, vividor y repartidor de sonrisas. Así es él, que no desaprovecha el momento, para ‘desearte un feliz día’, y lucha, positivamente, en hacerse un hueco en la jauría de Madrid que comparte con vendedores ambulantes, pintores o limpiadores de zapatos. Sí, todos juntos en armonía en el centro de la ciudad.

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Sale el sol. El sonido de la plaza se eleva, ayudado por un grupo de boy scouts que juegan con sus pañuelos y por el camión de los bomberos que esquiva a las personas que pasan su sábado en la plaza. Modo atajo. Así es utilizada a diario la plaza Mayor. Por una puerta o por otra, anda madrileño que, aun siendo fin de semana, va mirando su reloj con cara apurado.

La plaza mayor es piedra, es color y por supuesto, es traspiés. Tropiezas con la multiculturalidad, con la anécdota y con uno de los rincones que no puedes dejar de perderte en Madrid.

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