La plaza de lo efímero

María Ángeles Sáez

Cientos de ojos la observa cada día. Un vaivén sin descanso, de idas y venidas. Gente que se detiene, mira y continúa. Es, sin duda, uno de los puntos de referencia de la gran capital española. De esos que nadie se deja sin visitar. La Plaza Mayor. Una zona rebosante de vida, pero de vida efímera.

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Podría hablar del colorido de su fachada, del mural que decora la Casa de la Panadería ­–de la que todos sabemos que ha sufrido uno, dos y hasta cuatro incendios-, o de la estatua de Felipe III que tan bien parece quedar en las fotografías ­–aunque se le corte, sin querer por supuesto, la cabeza de vez en cuando-. Podría centrarme en sus múltiples finalidades, tanto a lo largo de su historia como en la actualidad: desde plaza para celebrar los primeros rejoneos hasta escenario para fiestas de carnaval. El guía ha hecho bien su trabajo y yo me he aprendido la lección.

Datos, interesantes, que no llaman mi atención. Es en esos cientos de ojos en lo que me detengo. Un joven de pelo azul y chupa de cuero que cruza de un extremo a otro sin frenarse. Un grupo de chicas risueñas que se toman una fotografía con el ‘palo de selfie’ recién comprado; no transcurren ni cinco minutos cuando ya se están yendo. Alemanes en bici que beben agua y continúan su recorrido. Turistas, decenas, con sus cámaras al cuello que desaparecen igual que un suspiro. Y así podría seguir.

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La Plaza Mayor es una postal bonita, pero no un lugar que atrape. Todo y a la misma vez nada. Gorilas de África central. Candados de amor importados del Puente Milvio de Roma. Un Spiderman, con el físico algo descuidado, que viene a Madrid tras ser derrocado por Iron Man. Y España, mucha España. Tanto que dudo donde estoy.

Me pierdo entre muñecas clásicas vestidas con trajes regionales de todas las comunidades, desde La Rioja hasta Lanzarote pasando por Extremadura ­–no he encontrado la de Madrid-. Contemplo, como otros tantos, las espadas de Toledo a la vez que olvido la ciudad por la que viajo. El sonido de las ruedas de las maletas sobre los adoquines a mis espaldas me devuelve a la realidad. Plaza Mayor, Madrid.

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Lo mejor de la tradición gastronómica –bocadillos de calamares, tortilla española, cocido madrileño, jamón- también tiene una gran presencia entre esas cuatro paredes. Sin embargo, tampoco están solas. Se mezcla con inventos culinarios del siglo XXI, galletas de naranja sin gluten ni lactosa. El público en las terrazas demanda lo típico, más que lo moderno, seducido por el olor de pescadito frito.

Todo y, a la vez, nada. La Plaza Mayor pierde a mis ojos el encanto de las fotografías que tanto buscan los turistas. Gana, por otra parte, en efímero. Gente que viene y va, sin detenerse.

 

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