El barrio Mayor

Fátima Saenz

Nostalgia. Es el sentimiento que predomina cuando te adentras en las entrañas de la Plaza Mayor. Cuando hablas con aquellos comerciantes que luchan por mantener a flote el negocio fundado con tanto esfuerzo por sus antepasados y, del que algunos ya pueden decir orgullosos, son la cuarta generación. Como es el caso de Teófilo. Cuando compartes un café con alguna de las muchas personas que viven en la plaza, como Christine. Porque, si miras más allá de las hordas de turistas, tiendas de souvenirs y bares ofreciendo el ya tan clásico bocadillo de calamares, podrás apreciar lo que realmente hace especial a la plaza: su gente.

Amanece un día lluvioso y, poco a poco, las tiendas comienzan a desperezarse y subir sus persianas. Tiendas que serán visitadas no sólo por extranjeros sino también por muchos madrileños -ancianos y no tanto- en busca de un recuerdo del pasado, de un resquicio de tradición. Sombrererías artesanas como La Favorita o Casa Yustes, tiendas de sellos y monedas antiguas como la filatelia Arias o jugueterías de las de toda la vida como el Bazar Arribas. Algunos comercios incluso sin nombre y cuya única referencia es el número de plaza o el número de casa de Visita G (antigua manera de denominar a los barrios). Lugares en los que el tiempo parece detenerse, y volver al pasado es solo cuestión de un poco de imaginación.

En el número 16 de la plaza se encuentra uno de esos negocios: el Bazar Arribas. Al frente del mismo están Conchita y su hermana, nietas del fundador y testigos del cambio que ha experimentado la plaza en el último medio siglo. Ilusionadas con la aproximación del centenario del negocio, hablan del presente pero también del pasado. Cuentan historias de celebraciones y de revueltas. De pasadizos secretos y de cuevas. Pocos sabrán que lo que es hoy día la Casa del Jamón fue antaño una farmacia con la que la juguetería se encontraba comunicada. El objetivo no era otro que poder asistirse fácilmente en caso de asalto. Por encima del comercio resalta una idea: sentimiento de barrio, de comunidad.

La Plaza Mayor es historia y tradición. Un espacio que ha sabido sobrevivir al paso del tiempo e incluso a tres incendios que amenazaron con no dejar rastro de ella. Durante sus 400 años de historia ha sido plaza de toros, mercado, teatro e incluso lugar de ejecuciones durante la Inquisición. Objeto de la literatura -se dice que la casa de Fortunata se encontraba en el número 9 de la misma- y de intrigas palaciegas –cuenta la leyenda que Felipe III construyó un balcón para que su amante “la Calderona” pudiese disfrutar de los espectáculos en la misma-. Plagada de anécdotas varias como que la estatua de Felipe III albergaba en su interior un cementerio de gorriones.

Porque la plaza no es sólo un monumento histórico -que también- sino gente. Mucha gente. Gente como Conchita, Teófilo o Christine. Es arquitectura y es sentimiento. Un lugar único que no se describir. Hay que vivirlo.

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