Cuando fui solo a la Plaza Mayor y no me hice ningún selfie.

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ENRIQUE TENA. Si entrase de nuevo con una venda en los ojos y solo escuchase el sonido diría que estaba en un safari africano. Un sonido que entró en mi cabeza antes de pisar aquella plaza. El cantar de la urraca estaba dentro de mi cabeza. Vestía unas auténticas Panama Jack. Me sentía un aventurero en la sabana africana. Pero no estaba en África, ni pisaba un suelo frondoso. Tampoco huía de leones, ni cazadores furtivos. De lo que si huía era del caos, del tráfico, del ruido. Miré hacia arriba y allí estaba yo, justo debajo del reloj de la Calle de la Sal. Pasé el soportal y entré en la plaza. De repente comprendí, de donde venía aquel sonido. Si quieres encontrar un palo selfie, o un juguete que hace el sonido del maldito pajarraco, la Plaza Mayor es el lugar.

Un juego de sol y sombras estaba constantemente presente en aquella mañana de sábado. El Eboli, Don Calamar, Zarra, Casa María, todos los restaurantes eran iguales. Pero los rayos de luz y mi mirada se dirigían a un solo punto. Caminé hasta aquella terraza y… ¿cómo no iba a sorprenderme en aquel bar? Fue entrar y trasladarme a la Andalusía más tópicaza que conocemos. Una cabeza de toro por aquí, otra por allá. Una tele antigua con retransmisiones de corridas. Y un camarero muy salao, eso sí. “Buenos días caballero. Rebujito, pescaíto frito, pescaíto frito. ¿Qué desea usted? ” “Un café con leche”, con un tono de espasmo pero con una sonrisa dibujada, le contesté.

fitxer_005Como un toro bravo salí de aquel bar. Sentado, poca era la estampa que apreciaban mis ojos. Justo a mi espalda, muchas cabezas de toro y una cultura de España muy reducida a la actual. Cuántas cosas han vivido los azulejos de aquello plaza me preguntaba. Hasta tres incendios sufrieron sus fachadas. Una plaza que hasta el siglo XVIII ha sido el escenario para los amantes de la tauromaquia.

Por delante, selfies y más selfies. Y muchas ráfagas de fotos. Pero hubo una ráfaga que me dio una bofetada en la cara. Menudo aire hacía en la Plaza Mayor. El bloc por los suelos. La mochila empapada de agua. La invasión de fotos, de grupos de turistas, y el exceso de carisma de los guías turísticos me decían que debía salir por una de sus nueve puertas. Arriba, en el cielo, aquella torre me decía “ven”. Supongo que sería por la inyección andaluza que había recibido, pero aquella torre me recordaba a la Giralda de Sevilla.

Allí me dirigí por la Calle Gerona. Entré en la Parroquia Santa Cruz, y dentro cola para echarle una ofrenda a San Judas Tadeo, abogado de casos difíciles y desesperados. No podía ser lo que estaban viendo mis ojos, una máquina expendedora. Sí, por 1,5€, la mitad de lo que costó mi café con leche, te podías llevar un velón a casa y tener a Judas Tadeo en la mesilla de noche.

Cuesta abajo, una calle me llevaba a otra. Y de repente como Cenicienta al fin de un sueño se acababa el viaje. De nuevo estaba en la Calle de la Sal. Justo en frente a mis ojos aquel soportal que daba acceso a la Plaza Mayor. En solo una mañana y en el centro de Madrid, mis oídos habían viajado a África. Mi olfato, al olor al pescaíto frito más popular del sur. Mis ojos a un pasado que España ya no tiene, el culto al toro y a la peineta. Y mi paladar, al café con leche que Botella hizo tan popular.

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