Lo que esconden las 9 puertas de la Plaza Mayor

Carmen Pou.

Las nubes amenazan con romper a llover en cualquier momento y desde el centro de la plaza busco un lugar con buena perspectiva para mi foto. Nada llama mi atención, así que decido ponerme a cubierto y fumarme un cigarro.

Entre el ruido de vendedores, guías, grupos de turistas y gente en las terrazas, un sonido metálico me hace girar la vista. El callejón que había dejado a mis espaldas, una de las entradas más pequeñas y menos luminosas a la Plaza Mayor es el hogar de Jesús, que mueve su vaso de plástico intentando contar las monedas que ha conseguido esa mañana.

No era la primera persona sin techo que me cruzaba desde que había entrado en la plaza. De hecho, en cada calle de acceso a la plaza se podía ver a algún hombre o mujer buscando un refugio del viento y el frío. Pero había algo que me llamaba la atención sobre él, 20170204_121331-011no sé muy bien el qué.

Después de observarle sentado en su mochila en el húmedo callejón, me acerco a él con un café y le pregunto cómo le va. Y, en lugar de responderme educadamente, aceptar el café y seguir con su día, el hombre empieza a contarme su historia.

Me habla de su vida, de la primera vez que vio la Plaza Mayor, a la edad de 9 años y de cómo ha cambiado. “Es un sitio muy turístico, siempre lo ha sido, pero antes era otro tipo de turismo”. Me habla de los turistas que la visitan, de los mercadillos que ahí tienen lugar y de los cambios que ha ido sufriendo la plaza. También él hace preguntas y se interesa por mí.

Sus manos emiten un sonido áspero al juntarse y yo no puedo evitar fijarme en el anillo que lleva puesto. Le pregunto por su familia y me dice cabizbajo que está divorciado, y que su familia no conoce su situación actual. Su hija vive en Holanda y sus hermanas, que viven en diferentes ciudades de España, también tienen problemas económicos, y él no quiere ser una carga para nadie.

Se queda callado y, durante un segundo, la luz me deja ver con claridad sus brillantes ojos marrones, que me habían pasado desapercibidos hasta el momento.

“Estoy bien cuidado – dice – Los vecinos nos bajan comida y por la noche vienen voluntarios con bocadillos, mantas y bebida caliente- me cuenta agradecido- pero la policía nos despierta a las 7 para que nos vayamos”

Me habla de sus antiguos trabajos, de las ayudas que ha pedido, de la dificultad para encontrar un trabajo a sus 64 años y de la soledad. Pero a pesar de su situación, Jesús transmite serenidad, e incluso alegría. Tras dos años en el paro y varios meses en la calle, Jesús se ha hecho con sus rutinas diarias, su grupo de compañeros y el cariño de los vecinos, mientras espera paciente a subir de puesto en la lista de ayudas sociales para trasladarse a una habitación.

Después de casi tres cuartos de hora de charla me despido de Jesús y vuelvo a la plaza para continuar mi ejercicio. Pero no puedo evitar fijarme en toda la gente que vive allí, en cada portal, en cada entrada a la plaza, y preguntarme qué historias aguardan en las otras 8 puertas, esperando a ser escuchadas.

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