Plaza Mayor 3.0

Palos selfies y paraguas. Estos dos objetos son lo primero que se ve cuando alzas la mirada para contemplar alguna fachada de la Plaza Mayor de Madrid.

Los primeros son una herramienta, más que conocida ya por todos, imprescindible para todo turista 3.0 que se precie. No hay viajero que no lo incluya entre los enseres necesarios a la hora de hacer la maleta. Pero tranquilos, aquellos rezagados o románticos que aún no se han dejado seducir por este gadget, pueden hacerse con uno en la propia plaza. Y es que los vendedores ambulantes hacen su particular agosto en esta mañana de febrero ofreciéndolos a todo aquel que saca su teléfono móvil “a pelo”.

Por su parte, la presencia de paraguas no tiene20170204_123825.jpg que ver con causas meteorológicas (al menos no exclusivamente). Es la forma en que los guías marcan el camino a los turistas, que les escuchan ávidos por aprender, por conocer cualquier detalle de esta joya del Renacimiento español, ideada por Juan de Herrera y Juan Gómez de Mora entre 1580 y 1619.

Y eso que esta mañana la plaza no está especialmente abarrotada. Se puede pasear, contemplar, regocijarse. Hoy no existe ese bullicio, incómodo a veces, de otros días. Ese bullicio habitual que imposibilita disfrutar de una de las paradas obligadas de paso por la capital española.

Aunque esa parada obligada tiene una doble vertiente, como casi todo en esta vida. Me refiero a las dos miradas distintas con que los transeúntes observan la estampa. Por un lado, la del turista anonadado, atrapado por ese rincón que acaba de conocer y que mira embelesado el entorno que le rodea, nuevo para él; del otro, la de los propios madrileños, tan acostumbrados a esta plaza suya, tan vista ya para ellos, que se trata de un mero lugar de paso de camino a sus quehaceres. Apenas reparan en ella, no les es novedosa, ya no les atrapa.

A quien sí miran con expectación, autóctonos y foráneos, es al “Spiderman de la plaza”, un entrañable hombre disfrazado del personaje de cómic que no duda en fotografiarse con todo aquel que pasa, a petición propia incluso. Me cuentan que prácticamente el reclamo aquí es él. Puede parecer exagerado, pero así somos. Nos perdemos en lo puramente anecdótico.

Por su parte, los soportales de la plaza acogen diversas terrazas que también hacen su particular agosto todo el año con desproporcionados precios, aprovechando el tirón del enclave arquitectónico que les rodea. Qué duda cabe de que el turi20170204_123713.jpgsmo es un negocio, pero esa es otra historia.

 

Sin embargo, algunos visitantes tienen sus costumbres tan arraigadas que prefieren traerse el tentempié de casa. Es el caso de una pareja de argentinos que, mate en mano, hacen un pequeño descanso sentados en el centro de la plaza. Eso sí, agarrando religiosamente su palo selfie con la otra mano. Lo que yo decía al principio, cosas del turista 3.0.

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