La Plaza Mayor. El Grito de Madrid.

MAITE ZAPATA

Sentada en este banco  me siento famosa. De repente levanto la mirada y veo como una familia me toma una foto. Y casi a la par de esbozar una sonrisa entre timidez y asombro, señalan a mis espaldas. A que no es a mí a quien fotografían, es el hombre disfrazado de gorila que se encuentra justo detrás y que está allí para ganarse la vida tomándose fotos con cuanto valiente se acerque.

Así es un día en la Plaza Mayor de Madrid. Tan vivo y real, como surrealista.20170204_1213111

En una mañana como hoy, con el pantone de grises desplegado por el cielo, llego a la plaza por una de sus 10 entradas, pero la combinación de túnel y viento hacen que me esfuerce por llegar al centro de la plaza. La plaza me brinda la opción de arreglar un poco mi vida, y lo hace enviándome a una mujer que, a cambio de unas moneditas ella me da una ramita de romero  me augura suerte. Insiste: ¡No rechaces la suerte! Me advierte, pero yo ya estoy curada de espantos.

La Plaza Mayor despierta muy pronto por la mañana, lo noto al contemplar que a pesar de la meteorología en va en contra de cualquier día de paseo, las terrazas de todos los bares y restaurantes ya están montadas, cual escena de película lista para empezar a rodar. Los actores ya están en sus puestos, bueno creo que alguno llega con retraso, o he sido yo que he madrugado.

Anunciando lo que se avecina, a las 10 de la mañana, ya están 3 empresas de free tour esperando apacibles a sus clientes, con actitud familiar y cotidiana, son sus vidas día tras día.

En un halo de efímero misterio percibo lo que a los ojos de muchos es un día normal, de risas, de fotos, de guías explicando; la tribu de la Plaza Mayor de Madrid, quizá no sea una denominación distinta a lo que fue en el siglo XVII, cuando se reunían allí y acometían ajusticiamientos, autos de fé o incluso corridas de toro. Todo un espectáculo vamos.

Ahora sigue siendo un espectáculo pero ha evolucionado, o no… por mi lado circulan personajes muy variopintos como un francés que se pregunta a sí mismo si la oficina de información es nueva, la manada de chinos que me interceptan y se colocan justo en frente de mí y comienzan explicar los orígenes  de la plaza, en chino evidentemente, en el grupo una señora que lleva tapabocas, ella parece que está al tanto de que no se respira muy buen ambiente por estos lares, consciente de la contaminación global no se lo quita ni en un día de lluvia y viento. Ni hablar de la herida, casi de muerte, que en batalla me provocó un niño con su espada de globo azul.

Esos cabellos recogidos, algunas con pañuelos, sus faldas largas y en su mayoría camisas blancas, dan el toque folclórico que faltaba a la plaza y que se expone en la tienda de venta de muñecas con trajes regionales y que una señora, a mi comentario de que son muy bonitas las muñecas, con un toque desaliñado apostilla: ¡si son todas iguales!20170204_1031301

En el escenario central se amontona la muchedumbre y entre tantos personajes llaman mi atención 2 escenas. La primera de un mimo que muy amablemente ofrece tomarse una foto con una pareja, y  luego pasan 5 inacabables minutos donde el mimo insiste sin resultado alguno que debían darle alguna moneda. Y la segunda escena de un trío de mujeres, que de manera muy romántica van dando rosas rojas a las personas que ven con cámara en mano, y que de manera arrolladora asaltan a dos jóvenes asiáticos les dan las rosas y acto seguido les piden una moneda, para mi asombro e indignación, no basta con que los chicos no entiendan si no que además les registran los bolsillos en busca de tan preciado tesoro, una moneda. Esta escena final de la obra me llevo a capturar el momento cual reportero en busca de la noticia y al desencanto entre tanta historia.20170204_1115001

Mi cabello se amotina y da palmas al viento, pero aun así veo el comportamiento de la tribu.

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Plaza Mayor 3.0

Palos selfies y paraguas. Estos dos objetos son lo primero que se ve cuando alzas la mirada para contemplar alguna fachada de la Plaza Mayor de Madrid.

Los primeros son una herramienta, más que conocida ya por todos, imprescindible para todo turista 3.0 que se precie. No hay viajero que no lo incluya entre los enseres necesarios a la hora de hacer la maleta. Pero tranquilos, aquellos rezagados o románticos que aún no se han dejado seducir por este gadget, pueden hacerse con uno en la propia plaza. Y es que los vendedores ambulantes hacen su particular agosto en esta mañana de febrero ofreciéndolos a todo aquel que saca su teléfono móvil “a pelo”.

Por su parte, la presencia de paraguas no tiene20170204_123825.jpg que ver con causas meteorológicas (al menos no exclusivamente). Es la forma en que los guías marcan el camino a los turistas, que les escuchan ávidos por aprender, por conocer cualquier detalle de esta joya del Renacimiento español, ideada por Juan de Herrera y Juan Gómez de Mora entre 1580 y 1619.

Y eso que esta mañana la plaza no está especialmente abarrotada. Se puede pasear, contemplar, regocijarse. Hoy no existe ese bullicio, incómodo a veces, de otros días. Ese bullicio habitual que imposibilita disfrutar de una de las paradas obligadas de paso por la capital española.

Aunque esa parada obligada tiene una doble vertiente, como casi todo en esta vida. Me refiero a las dos miradas distintas con que los transeúntes observan la estampa. Por un lado, la del turista anonadado, atrapado por ese rincón que acaba de conocer y que mira embelesado el entorno que le rodea, nuevo para él; del otro, la de los propios madrileños, tan acostumbrados a esta plaza suya, tan vista ya para ellos, que se trata de un mero lugar de paso de camino a sus quehaceres. Apenas reparan en ella, no les es novedosa, ya no les atrapa.

A quien sí miran con expectación, autóctonos y foráneos, es al “Spiderman de la plaza”, un entrañable hombre disfrazado del personaje de cómic que no duda en fotografiarse con todo aquel que pasa, a petición propia incluso. Me cuentan que prácticamente el reclamo aquí es él. Puede parecer exagerado, pero así somos. Nos perdemos en lo puramente anecdótico.

Por su parte, los soportales de la plaza acogen diversas terrazas que también hacen su particular agosto todo el año con desproporcionados precios, aprovechando el tirón del enclave arquitectónico que les rodea. Qué duda cabe de que el turi20170204_123713.jpgsmo es un negocio, pero esa es otra historia.

 

Sin embargo, algunos visitantes tienen sus costumbres tan arraigadas que prefieren traerse el tentempié de casa. Es el caso de una pareja de argentinos que, mate en mano, hacen un pequeño descanso sentados en el centro de la plaza. Eso sí, agarrando religiosamente su palo selfie con la otra mano. Lo que yo decía al principio, cosas del turista 3.0.

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Cuando fui solo a la Plaza Mayor y no me hice ningún selfie.

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ENRIQUE TENA. Si entrase de nuevo con una venda en los ojos y solo escuchase el sonido diría que estaba en un safari africano. Un sonido que entró en mi cabeza antes de pisar aquella plaza. El cantar de la urraca estaba dentro de mi cabeza. Vestía unas auténticas Panama Jack. Me sentía un aventurero en la sabana africana. Pero no estaba en África, ni pisaba un suelo frondoso. Tampoco huía de leones, ni cazadores furtivos. De lo que si huía era del caos, del tráfico, del ruido. Miré hacia arriba y allí estaba yo, justo debajo del reloj de la Calle de la Sal. Pasé el soportal y entré en la plaza. De repente comprendí, de donde venía aquel sonido. Si quieres encontrar un palo selfie, o un juguete que hace el sonido del maldito pajarraco, la Plaza Mayor es el lugar.

Un juego de sol y sombras estaba constantemente presente en aquella mañana de sábado. El Eboli, Don Calamar, Zarra, Casa María, todos los restaurantes eran iguales. Pero los rayos de luz y mi mirada se dirigían a un solo punto. Caminé hasta aquella terraza y… ¿cómo no iba a sorprenderme en aquel bar? Fue entrar y trasladarme a la Andalusía más tópicaza que conocemos. Una cabeza de toro por aquí, otra por allá. Una tele antigua con retransmisiones de corridas. Y un camarero muy salao, eso sí. “Buenos días caballero. Rebujito, pescaíto frito, pescaíto frito. ¿Qué desea usted? ” “Un café con leche”, con un tono de espasmo pero con una sonrisa dibujada, le contesté.

fitxer_005Como un toro bravo salí de aquel bar. Sentado, poca era la estampa que apreciaban mis ojos. Justo a mi espalda, muchas cabezas de toro y una cultura de España muy reducida a la actual. Cuántas cosas han vivido los azulejos de aquello plaza me preguntaba. Hasta tres incendios sufrieron sus fachadas. Una plaza que hasta el siglo XVIII ha sido el escenario para los amantes de la tauromaquia.

Por delante, selfies y más selfies. Y muchas ráfagas de fotos. Pero hubo una ráfaga que me dio una bofetada en la cara. Menudo aire hacía en la Plaza Mayor. El bloc por los suelos. La mochila empapada de agua. La invasión de fotos, de grupos de turistas, y el exceso de carisma de los guías turísticos me decían que debía salir por una de sus nueve puertas. Arriba, en el cielo, aquella torre me decía “ven”. Supongo que sería por la inyección andaluza que había recibido, pero aquella torre me recordaba a la Giralda de Sevilla.

Allí me dirigí por la Calle Gerona. Entré en la Parroquia Santa Cruz, y dentro cola para echarle una ofrenda a San Judas Tadeo, abogado de casos difíciles y desesperados. No podía ser lo que estaban viendo mis ojos, una máquina expendedora. Sí, por 1,5€, la mitad de lo que costó mi café con leche, te podías llevar un velón a casa y tener a Judas Tadeo en la mesilla de noche.

Cuesta abajo, una calle me llevaba a otra. Y de repente como Cenicienta al fin de un sueño se acababa el viaje. De nuevo estaba en la Calle de la Sal. Justo en frente a mis ojos aquel soportal que daba acceso a la Plaza Mayor. En solo una mañana y en el centro de Madrid, mis oídos habían viajado a África. Mi olfato, al olor al pescaíto frito más popular del sur. Mis ojos a un pasado que España ya no tiene, el culto al toro y a la peineta. Y mi paladar, al café con leche que Botella hizo tan popular.

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La plaza de lo efímero

María Ángeles Sáez

Cientos de ojos la observa cada día. Un vaivén sin descanso, de idas y venidas. Gente que se detiene, mira y continúa. Es, sin duda, uno de los puntos de referencia de la gran capital española. De esos que nadie se deja sin visitar. La Plaza Mayor. Una zona rebosante de vida, pero de vida efímera.

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Podría hablar del colorido de su fachada, del mural que decora la Casa de la Panadería ­–de la que todos sabemos que ha sufrido uno, dos y hasta cuatro incendios-, o de la estatua de Felipe III que tan bien parece quedar en las fotografías ­–aunque se le corte, sin querer por supuesto, la cabeza de vez en cuando-. Podría centrarme en sus múltiples finalidades, tanto a lo largo de su historia como en la actualidad: desde plaza para celebrar los primeros rejoneos hasta escenario para fiestas de carnaval. El guía ha hecho bien su trabajo y yo me he aprendido la lección.

Datos, interesantes, que no llaman mi atención. Es en esos cientos de ojos en lo que me detengo. Un joven de pelo azul y chupa de cuero que cruza de un extremo a otro sin frenarse. Un grupo de chicas risueñas que se toman una fotografía con el ‘palo de selfie’ recién comprado; no transcurren ni cinco minutos cuando ya se están yendo. Alemanes en bici que beben agua y continúan su recorrido. Turistas, decenas, con sus cámaras al cuello que desaparecen igual que un suspiro. Y así podría seguir.

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La Plaza Mayor es una postal bonita, pero no un lugar que atrape. Todo y a la misma vez nada. Gorilas de África central. Candados de amor importados del Puente Milvio de Roma. Un Spiderman, con el físico algo descuidado, que viene a Madrid tras ser derrocado por Iron Man. Y España, mucha España. Tanto que dudo donde estoy.

Me pierdo entre muñecas clásicas vestidas con trajes regionales de todas las comunidades, desde La Rioja hasta Lanzarote pasando por Extremadura ­–no he encontrado la de Madrid-. Contemplo, como otros tantos, las espadas de Toledo a la vez que olvido la ciudad por la que viajo. El sonido de las ruedas de las maletas sobre los adoquines a mis espaldas me devuelve a la realidad. Plaza Mayor, Madrid.

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Lo mejor de la tradición gastronómica –bocadillos de calamares, tortilla española, cocido madrileño, jamón- también tiene una gran presencia entre esas cuatro paredes. Sin embargo, tampoco están solas. Se mezcla con inventos culinarios del siglo XXI, galletas de naranja sin gluten ni lactosa. El público en las terrazas demanda lo típico, más que lo moderno, seducido por el olor de pescadito frito.

Todo y, a la vez, nada. La Plaza Mayor pierde a mis ojos el encanto de las fotografías que tanto buscan los turistas. Gana, por otra parte, en efímero. Gente que viene y va, sin detenerse.

 

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El barrio Mayor

Fátima Saenz

Nostalgia. Es el sentimiento que predomina cuando te adentras en las entrañas de la Plaza Mayor. Cuando hablas con aquellos comerciantes que luchan por mantener a flote el negocio fundado con tanto esfuerzo por sus antepasados y, del que algunos ya pueden decir orgullosos, son la cuarta generación. Como es el caso de Teófilo. Cuando compartes un café con alguna de las muchas personas que viven en la plaza, como Christine. Porque, si miras más allá de las hordas de turistas, tiendas de souvenirs y bares ofreciendo el ya tan clásico bocadillo de calamares, podrás apreciar lo que realmente hace especial a la plaza: su gente.

Amanece un día lluvioso y, poco a poco, las tiendas comienzan a desperezarse y subir sus persianas. Tiendas que serán visitadas no sólo por extranjeros sino también por muchos madrileños -ancianos y no tanto- en busca de un recuerdo del pasado, de un resquicio de tradición. Sombrererías artesanas como La Favorita o Casa Yustes, tiendas de sellos y monedas antiguas como la filatelia Arias o jugueterías de las de toda la vida como el Bazar Arribas. Algunos comercios incluso sin nombre y cuya única referencia es el número de plaza o el número de casa de Visita G (antigua manera de denominar a los barrios). Lugares en los que el tiempo parece detenerse, y volver al pasado es solo cuestión de un poco de imaginación.

En el número 16 de la plaza se encuentra uno de esos negocios: el Bazar Arribas. Al frente del mismo están Conchita y su hermana, nietas del fundador y testigos del cambio que ha experimentado la plaza en el último medio siglo. Ilusionadas con la aproximación del centenario del negocio, hablan del presente pero también del pasado. Cuentan historias de celebraciones y de revueltas. De pasadizos secretos y de cuevas. Pocos sabrán que lo que es hoy día la Casa del Jamón fue antaño una farmacia con la que la juguetería se encontraba comunicada. El objetivo no era otro que poder asistirse fácilmente en caso de asalto. Por encima del comercio resalta una idea: sentimiento de barrio, de comunidad.

La Plaza Mayor es historia y tradición. Un espacio que ha sabido sobrevivir al paso del tiempo e incluso a tres incendios que amenazaron con no dejar rastro de ella. Durante sus 400 años de historia ha sido plaza de toros, mercado, teatro e incluso lugar de ejecuciones durante la Inquisición. Objeto de la literatura -se dice que la casa de Fortunata se encontraba en el número 9 de la misma- y de intrigas palaciegas –cuenta la leyenda que Felipe III construyó un balcón para que su amante “la Calderona” pudiese disfrutar de los espectáculos en la misma-. Plagada de anécdotas varias como que la estatua de Felipe III albergaba en su interior un cementerio de gorriones.

Porque la plaza no es sólo un monumento histórico -que también- sino gente. Mucha gente. Gente como Conchita, Teófilo o Christine. Es arquitectura y es sentimiento. Un lugar único que no se describir. Hay que vivirlo.

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Destino plaza Mayor

Madrid tiene vida, tiene color y tiene plaza Mayor para rato. No es el sitio más bonito de la capital pero es historia. Ya sea por todo lo que ha vivido sus 129 metros de largo por 94 metros de ancho, como por todo lo que cuenta las personas que la visita, que trabajan allí y que la cruzan a diario.

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Subiendo por la calle Postas, dejando atrás el tumulto de la Puerta de Sol y las tiendas de artículos religiosos –muy típicos de la zona- entras en el antiguo mercado de la ciudad que ahora sólo vende ilusión y sorpresa. Eso refleja los ojos de los turistas que escuchan atentos a los guías. Inquisición, guillotina y cementerio son común denominador de los tours en inglés, francés o español que inundan la plaza todos los días. Pero todos se preguntan: ¿por qué es típico el bocadillo de calamares? Madrid no tiene mar ni pescadores que descarguen sus redes en la lonja pero el bocadillo de calamares se ha convertido en un “símbolo” de la ciudad.

Punto de encuentro. La estatua ecuestre de Felipe III es, sin duda, el lugar favorito con la Casa de la Panadería de fondo. Cámaras, móviles y palos selfies para inmortalizar el día nublado que amenaza con romper a llover de un momento a otro. A pesar de ello, algún valiente se sienta a disfrutar del bullicio en alguna de los restaurantes con terraza que componen la plaza Mayor.

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Sobrevivir a tres incendios dice mucho de un lugar. Tener un Spiderman custodiando una de sus entradas son palabras mayores. Amable, vividor y repartidor de sonrisas. Así es él, que no desaprovecha el momento, para ‘desearte un feliz día’, y lucha, positivamente, en hacerse un hueco en la jauría de Madrid que comparte con vendedores ambulantes, pintores o limpiadores de zapatos. Sí, todos juntos en armonía en el centro de la ciudad.

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Sale el sol. El sonido de la plaza se eleva, ayudado por un grupo de boy scouts que juegan con sus pañuelos y por el camión de los bomberos que esquiva a las personas que pasan su sábado en la plaza. Modo atajo. Así es utilizada a diario la plaza Mayor. Por una puerta o por otra, anda madrileño que, aun siendo fin de semana, va mirando su reloj con cara apurado.

La plaza mayor es piedra, es color y por supuesto, es traspiés. Tropiezas con la multiculturalidad, con la anécdota y con uno de los rincones que no puedes dejar de perderte en Madrid.

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Lo que esconden las 9 puertas de la Plaza Mayor

Carmen Pou.

Las nubes amenazan con romper a llover en cualquier momento y desde el centro de la plaza busco un lugar con buena perspectiva para mi foto. Nada llama mi atención, así que decido ponerme a cubierto y fumarme un cigarro.

Entre el ruido de vendedores, guías, grupos de turistas y gente en las terrazas, un sonido metálico me hace girar la vista. El callejón que había dejado a mis espaldas, una de las entradas más pequeñas y menos luminosas a la Plaza Mayor es el hogar de Jesús, que mueve su vaso de plástico intentando contar las monedas que ha conseguido esa mañana.

No era la primera persona sin techo que me cruzaba desde que había entrado en la plaza. De hecho, en cada calle de acceso a la plaza se podía ver a algún hombre o mujer buscando un refugio del viento y el frío. Pero había algo que me llamaba la atención sobre él, 20170204_121331-011no sé muy bien el qué.

Después de observarle sentado en su mochila en el húmedo callejón, me acerco a él con un café y le pregunto cómo le va. Y, en lugar de responderme educadamente, aceptar el café y seguir con su día, el hombre empieza a contarme su historia.

Me habla de su vida, de la primera vez que vio la Plaza Mayor, a la edad de 9 años y de cómo ha cambiado. “Es un sitio muy turístico, siempre lo ha sido, pero antes era otro tipo de turismo”. Me habla de los turistas que la visitan, de los mercadillos que ahí tienen lugar y de los cambios que ha ido sufriendo la plaza. También él hace preguntas y se interesa por mí.

Sus manos emiten un sonido áspero al juntarse y yo no puedo evitar fijarme en el anillo que lleva puesto. Le pregunto por su familia y me dice cabizbajo que está divorciado, y que su familia no conoce su situación actual. Su hija vive en Holanda y sus hermanas, que viven en diferentes ciudades de España, también tienen problemas económicos, y él no quiere ser una carga para nadie.

Se queda callado y, durante un segundo, la luz me deja ver con claridad sus brillantes ojos marrones, que me habían pasado desapercibidos hasta el momento.

“Estoy bien cuidado – dice – Los vecinos nos bajan comida y por la noche vienen voluntarios con bocadillos, mantas y bebida caliente- me cuenta agradecido- pero la policía nos despierta a las 7 para que nos vayamos”

Me habla de sus antiguos trabajos, de las ayudas que ha pedido, de la dificultad para encontrar un trabajo a sus 64 años y de la soledad. Pero a pesar de su situación, Jesús transmite serenidad, e incluso alegría. Tras dos años en el paro y varios meses en la calle, Jesús se ha hecho con sus rutinas diarias, su grupo de compañeros y el cariño de los vecinos, mientras espera paciente a subir de puesto en la lista de ayudas sociales para trasladarse a una habitación.

Después de casi tres cuartos de hora de charla me despido de Jesús y vuelvo a la plaza para continuar mi ejercicio. Pero no puedo evitar fijarme en toda la gente que vive allí, en cada portal, en cada entrada a la plaza, y preguntarme qué historias aguardan en las otras 8 puertas, esperando a ser escuchadas.

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